martes, 17 de abril de 2012

Los condesos, como una mala pulmonía




















 Toros del Conde de la Maza, terciados pero con trapío, cariavacados, bajos de agujas, ligeramente ensillados y colocaditos de pitones, correctamente presentados, conforme el tipo de su casta. Abantos de salida, mansos en distinto grado, rabiosos en el caballo y complicados en la muleta a excepción del noblísimo segundo. Tercero, cuarto y quinto con los cinco años cumplidos. Luís Bolívar: pinchazo feo y estocada entera (silencio). Estocada hasta los gavilanes (ovación y salida al tercio). Salvador Cortés: media caída (palmas). Media pescuecera y caída (silencio). Joselito Adame: navajazo que hace guardia (saludos desde el tercio). Estocada entera y caída (oreja cariñosa).

Mientras el sexto, con una sola oreja, era arrastrado por el tiro de mulillas de la Maestranza, Poli Maza, III Conde de la Maza, salía a dar la cara, en gesto que le honra, ante una afición que hace tiempo que no requiere a nadie para partírsela: "la corrida ha sido una mierda. No valen las excusas." Al conde le salió el ramalazo cabal y la vergüenza torera que tantas veces se añora entre los ganaderos. No sabemos si sus toros siguen leyendo a Marcuse, mas el conde no se da coba ninguna y llama a las cosas por su nombre, con severidad y sin aliños, acaso lector alatristiano de Pérez Reverte. Otro, en su lugar, se hubiese amparado en el triunfo despojero de Adame, al que se pudo unir Bolívar de no estar la afición durante la faena al cuarto ensimismada con los silencios que se dan en los cerros de Úbeda. También podría haber torcido el colmillo contra Salvador Cortés, que se dejó sin dar veinte naturales al segundo de la tarde, que de tan dulce se derretía como terrón de azúcar en la boca de un viejo. Por excusarse, hasta con el biruji que arrecia estos días la feria como si fuese la de Valdemorillo, y que según los expertos en neumología taurina -"ese toro ya venía con un alveólo pulmonar arreglao"- ha sido el causante en corrales de la pulmonía que, agravada por un friolero pase de pecho, acabó antes de hora con la vida del tercero, que en paz descanse.

Dos horas y pico después de que pisara el barbecho sevillano el primer garlopo, los aficionados desfilaban por la calle Antonia Díaz buscando como locos una botica, temiendo el contagio con el cárdeno fiambre, pues con tan poca lumbre y menos carbón, los condesos acababan de congelar las ilusiones del más pintao.

Antes del intento de revitalizar la maltrecha industria farmaceútica de este país, Luís Bolívar, que el aficionado irredento sabe que es caleño, colombiano, a pesar de que en la previa del Plus un sevillí lo reubicaba en el mundo con "Luí Molinar, que es de por ahí", volvió mostrar su valía en el escaparate de las grandes ferias y su nombre, bien dicho, vuelve a pulular por la órbita taurina. Abrió plaza con un manso que, como los hermanos, quitando segundo y sexto, una vez en la jurisdicción del caballo y metido bajo el peto, empujaba con rabia y fuerza, con tintineo del estribo, síntoma de rabieta, que no bravura. Luis Miguel Leiro, hizo la suerte de picar con derechura, tirando la garrocha por delante como el salmonero que tira la caña en busca del campanu, acertándole en buen sitio. Por poner un pero, y esto pasó en más tercios de varas, se echó en falta un quite más veloz, ya que si el toro empuja de verdad, por manso que sea, mientras piensa o no de salir coceando hacía toriles, al del castoreño no le queda otra que aferrarse al morrillo. A la corrida, a pesar de la buena labor general de los piqueros, se le dió leña de más -y eso que no existieron los segundos puyazos- para lo que barruntaban los nuñez de Arenales. Con Milano, que así se llamaba la prenda, complicado por el derecho y que por el izquierdo no tuvo ni uno, lo esperó Bolívar con el zapatillazo, metiéndole la muleta en el pescuezo para arrancar medio pase. Zapatillazo y banderazo, que es lo que el toro exigía y que, pese a los tiempos que corren de desmayo y flamenquerías, quedó demostrado que es una herramienta más, ni mejor ni peor, de la lidia. A su segundo le tocó ser alanceado por Ismael Alcón, que no le andó a la zaga al compañero Leiro. Mención especial merece la cuadrilla, tan eficaz y torera como la más premiada, formada por el Jeringa, Juncal y Domingo Navarro, más el par de ya destacados varilargueros. Con la pañosa, en su loable afán de enseñar el condeso por los dos pitones, jeringó el triunfo cuando se la echó a la zocata. Desarme del toro y gañafón del maestro Tejera, que se ha convertido en un jornalero a destajo del pasodoble -a la banda sólo le faltan lentejuelas y la partitura de Paquito el Chocolatero-. Por la derecha, más confiado el matador, ya le había ganado la partida al morito, a base de un mando y una entrega que sumado a una gran estocada no fueron suficientes méritos, según el dislocado juicio de los parroquianos, ni para dar la vuelta al ruedo.

 Vuelta al ruedo, paseando una peluda, que se pegó Joselito Adame tras pasaportar al sexto de bajonazo tras faena inteligente y fresca, muy de los tiempos que corren, siempre a favor de la poca fuerza del toro y la precaria exigencia del público. Empezó con estatuarios, terminó con un intento bello y fugaz de toreo a pies juntos y medió con muletazos colmados de temple mexicano, a media altura y calculado atosigamiento al mulato. Al tercero, una hermosura, estampa antigua de la Lidia, cárdeno mulato, manso pregonao con cinco años y medio, tras dos tropezones con el rocín que hacía la puerta, le recetaron un puyazo infame, caído y paletillero, que terminó por desangrarlo. Hasta que cayó al albero como un peso muerto le había embestido al coletilla hidrocálido con gran nobleza. Murió, como los roqueros jóvenes, sin saber que hubiera sido de él.

Como tampoco se sabe, a pesar de que no es roquero, sino mairenero, que pasó con el Salvador Cortés poderoso, capaz de presentar batalla contra cualquier hierro y de torear al natural con hondura. Ayer, toda la tarde muy al hilo y fuera de cacho, dejó escapar otra oportunidad ante los ojos de sus partidarios, que aunque son más de José Manuel Soto y de "el Mani", prefieren pensar que el arte de los maireneros, como el de los viejos roqueros, nunca muere.