miércoles, 25 de abril de 2012

El torero Fandiño


Sandra Carbonero. Burladero


















Toros de Victorino Martín, terciados, desiguales de presentación y cómodos de cabeza. Encastados, poco picados y de juego interesante en la muleta. Iván Fandiño: estocada trasera (silencio). Gran estocada con rueda de peones (oreja). Estocada a ley (dos vueltas al ruedo tras petición minoritaria). David Mora: estocada delantera y descabello (ovación desde el tercio). Pinchazo hondo y estocada (saluda ovación). Media estocada (ovación). Fernández Pineda actuó de sobresaliente aunque sólo tuvo que intervenir en un quite invitado cabalmente por David Mora.

A pie, despedido con una gran ovación por parte del público que aún no había desertado para irse a ver el fútbol, abandonaba el ruedo el torero Fandiño. Tres albaserradas se había metido entre pecho y espalda, de distinta condición y hechuras: desde el anovillado primero, incierto y complicado en la muleta; pasando por Cobratero, el encastado y guapo tercero, lidiado con majeza a caballo por Pepe Aguado; hasta Patalero, un tío, noblón y de interesante juego, que se tomó su tiempo para salir por chiqueros y que resultó justamente ovacionado nada más asomar la gaita por la plaza. A los tres les dió su lidia el torero Fandiño, que siempre intenta darse importancia sin menoscabar la del toro. Fuera ventajismos. A los medios se fue en su segundo, que embestía con esas cosas de la casta, arrebañando que dicen ahora y sabiendo lo que se dejaba atrás. Éste, como toda la corrida, acortaba la embestida ya en el tercer muletazo, lo que propició esas serias cortas y aguerridas, por el arrebañamiento, que tan poco saben apreciar los públicos de hoy, con el paladar hecho a largas tandas de mantazos con triple pase de pecho. Donde estuvo en maestro el torero Fandiño fue en este morito con cara de avispao. En la administración de las distancias y los terrenos, dejándose venir de largo un bicho cuya casta y comportamiento suele conllevar el acortamiento paulatino del tranco. Se lo dejó venir, repetimos, al galope varias veces, utilizando con oficio la acometividad del victorino, cuyo impulso, con una inyección importante de casta, lo hacía caer en la trampa del lidiador Fandiño, que en cada tanda se lo metía en el canasto con astucia gallista: cuando a Cobratero se le agotaba el impulso del galope y la llamada de la sangre lo hacía pensar en buscar los tobillos, el vasco Fandiño ya le había robado tres o cuatro pases con majeza. Con gran oficio y pundonor, siempre partiendo desde las formas clásicas, femorales, pecho y trapito por delante, coronadas con un espadazo a ley paseó una merecida oreja. Antes había estado digno, muy profesional, con una ratita cárdena, de ojos vivachos y presencia de pescadilla que reponía mucho, más de la cuenta, en su embestida. Al quinto, que no quería salir ni por todo el oro del mundo, le endilgó otra faena adicta al canon, a la pureza y a la verdad en el toreo, pelín larga en los tiempos, rubricada con otra gran estocada, que hacía en la tarde pleno, tres de tres, y que sirvió para soliviantar al personal, que no pudo ver al torero Fandiño pasear otra oreja. Dió a cambio dos vueltas al ruedo con muy mala cara. Que es la cara que tiene que tener un torero después de matar tres victorinos en Sevilla.

David Mora, que venía de rosa y oro, vestimenta que al fin y al cabo resultó ser el único punto en común con el torero Fandiño, no tuvo en esta de abril su mejor tarde. Al segundo, que cogió una extraña querencia en las maderas de contraquerencia, y que ya de por sí estaba en un límite preocupante de poder y casta, lo tundieron a capotazos para poder picarlo, y pese a los intentos del matador de Borox, ni el negrito entrepelao se vino arriba, ni la faena adquirió grandes vuelos. Más prometía Jaquetón, que nada más salir por toriles se engalló, como un tunante de Telecinco, o como un portero de discoteca, durante largos segundos, allá en su tercio, mientras a lo lejos un peón lo llamaba a grito pelao con un siniestro bamboleo de capote. Entretanto, el aficionado se llevaba las manos a la cabeza, sin chistar ni media, como sabiendo lo siguiente. Y efectivamente, el negrito, otro entrepelao, arrancando como una locomotora acabó estrellado con estruendo sobre el burladero. Acto seguido lo recibió un Mora arrebatado y arrinconado contra las tablas, como en una postal antigua, y que ante el carbón con el que arreó el galafate, le pagó cuatro convidás, volando la capa a una mano, que han sido, sin duda, las más caras de la feria. A Jaquetón en el sorteo no le tocó que la bolita donde iba dictada su futuro fuera escogida por la mano emisaria del torero Fandiño. Y caramba, si lo notó. Vaya por delante que no estaba sobrado de patas ni de casta, que fue una medianía, pero ya nunca se podrá saber que hubiese ocurrido de intentar Mora seguirle el juego de las distancias y los terrenos. La primera serie, en la que sí se dió esta coyuntura, nos dejó con la miel en los labios: acometividad en uno, y disposición en el otro. Incomprensiblemente el coleta acortó los caminos y el viaje del utrero quedó desangelado y noblón. Quién sabe. Con el que cerró el espectáculo se gustaron Israel de Pedro a caballo y el Chano con los rehíletes, cosa que no pudo hacer su jefe de filas, que no volvió a pasar de la manida corrección torera.

Tuvo que venir una victorinada, sin ser nada del otro jueves, para volver a dar importancia al toro. Sin ser emocionantísimos, mantuvieron el interés; remataron en los burladeros; en varas cumplieron, que es como decir que suspendieron; exigieron toreros capaces, aunque no siempre los encontraron; y llegaron los seis al último tercio con una faena por hacer y con la boca cerrada. Mejores o peores, pero por fín toros en Sevilla, que es lo que venden los carteles.