martes, 11 de septiembre de 2018

Robleño



La faena de Robleño a un torazo berrendo de Valdellán muchos la vivimos a través de la pantalla, en una grabación casera, lo que la vistió de acontecimiento histórico, como cuando Neil Armstrong pisó la Luna. La herramienta tecnológica, aplicación la llaman, es el Periscope y es el telegrama de los millenial. O el Netflix de los pobres, según se quiera mirar. Y resulta rejuvenecedor a la vez que degradante comprobar como uno, con su cabeza llena de tópicos, filias, obsesiones, con los veinte mil tiros pegaos en esto de los toros, envenenado por el narcótico del escepticismo y con un evangelio de mantras tatuado en las entrañas de la afición, aún es capaz de saltar del sillón, con las pupilas dilatadas bajo el shock del momento, invadido por la histeria como quinceañera con las hormonas desbocadas, cuando un hombre que contratan en una plaza de toros para torear toros se pone a torear toros y torea muy bien a uno de esos toros.

Los periodistas de la ingle han pervertido el lenguaje taurino convirtiendo las críticas en la peor secuela de la tarde misma, patentando una serie de eufemismos que bordan primorosamente para camaleonizar el fraude, pan nuestro de cada día, el tocomocho de cada tarde, el timo de la estampita de cada feria, tras palabras rimbombantes y titulares estratosféricos que los oídos agradecidos del sistema sin duda saben recompensar. Adiestran al lector en esa tauromaquia cuyos autores intelectuales son los mismos que la revientan desde dentro, una tauromaquia que es una casquería de soplapolleces, de detalles insustanciales, de figuras heroícas que matan ositos de peluche y de mangutas que expolian el rito en nombre de un arte falsario. El resultado: si las faenas no son un kamasutra muletero, cuando no hay gesticulación ni afloran los excesos, cuando la sobriedad inunda la escena y la liturgia sepulta al folklore parece que no ha pasado nada cuando resulta que, voilá, ha pasado todo.

El domingo Robleño se puso a torear. Y toreó.

Vaya que si toreó.






martes, 5 de junio de 2018

Saltillo




A Saltillo lo conocen los modernos porque lo canturrea Sabina en un verso suelto de una de sus canciones totémicas. Yo lo poco que sé es que son toros que se comportan como lo que son: animales salvajes que ejercen como tales, con sus manías cambiantes, sus intuitivos impulsos y una conducta que no se atreve a predecir ni la puta que los parió. Toros que, bienvenidos sean en estos tiempos de detalles fugaces perfectamente olvidables, de pomposos monumentos a la intrascendencia, vienen a recordarnos qué somos y de donde venimos. Que antes de que los esparragales del arte fecundaran de cursilería la tauromaquia, tuvo en ella un lugar preferencial la épica; que en tiempos donde se exigen kamasutras capoteros y ligados engranajes muleteros, los saltillos conmemoran una época en la que solo hubo lidia, que no es otra cosa que un hombre solitario decodificando el caos, creando de la anarquía indómita que propagan las reses un argumento que llamamos faena. Frente a los toros narcotizados en su comportamiento bajo el yugo domecq, oposita saltillo con toros de valium y frenopático. Toros de ay más que de óle, toros que exigen lidia más que faranduleo, toros de mátalo ya más que de bieeen. Toros que derrotan, válgame dios, toros que siembran el pánico, que es la virtud elemental de un toro. En realidad, su razón de ser. Lo que quiera el azar que sea a partir del terror, sea bravura, sea mansedumbre, sea toreabilidad, sea cualquier eufemismo usado para describir un comportamiento, son perífrasis de barra de bar para tecnócratas del cossío. Porque la raya, la frontera que marca el que es un mindundi de andanada del que tiene un par de huevos para resollar en la testuz de uno estos, lo que define lo que es un toro y lo que no, lo marca el miedo.

Porque el toro mata. Y desde su nacimiento, en el reverso de las tripas del hombre está tatuado, como un códice de supervivencia, un terror a la muerte que la mayoría de los mortales no superamos hasta que ya hemos claudicado ante ella. Y los putos saltillos, que bien desollados están, de terror sabían más que Stephen King,  que daba espanto verlos corretear azuzando la parca contra todo dios, portando en sus intenciones más veneno que casta, intenciones que, como manda su naturaleza, jamás fueron buenas para el humano, mansos, ladinos y cobardes como un usurero, se limitaron a vender caro el pellejo a cambio de vacías e imposibles promesas de triunfo. Tan desagradecidos, tan ásperos, tan auténticos, tan peligrosos, tan malos que han puesto al torerazo Chacón en órbita. 

¡Viva Saltillo!

lunes, 29 de enero de 2018

Alberto Aguilar


Cuando se retire, a Alberto Aguilar me lo echaré sobre los lomos de la imaginación con la banda sonora de la Chaqueta Metálica sonando de fondo, con su born to kill bordado en la montera, gargareando el sorbito de napalm que le roba al botijo, mientras planea como meterle mano al bicho de uno de esos hierros que más que un desafío son una causa perdida.

Rascando más allá de la reverencia, se distingue un torero superdotado, zahorí de la bravura con el raro atributo de encontrar oro donde otros jamás buscarían. Siempre picando piedra en ganaderías legendarías más bovinas que sacras.

 En tiempos donde los envidiosos, que se cuentan por miles, toleran mal el que alguien destaque, le tocó apechugar con el injustificado deshonor de verse derrotado por varios de los toros más fieros de los últimos años. Condenado por el runrún hipócrita de enfáticos integristas que son incapaces de manejar sin corrupción la balanza de la justo.

 Sólo los tocados con la varita saben cimentar su éxito en el prestigio de su fracaso.

Ahí están Camarín, de Baltasar Ibán y el buendía Liebre, premiado jacarandosamente con la vuelta al ruedo por el ussía enrollao de las Ventas. Premios a toro más bravo del último par de isidradas. O Aviador, el toro del vitruvio, prototipo arquitectónico de la casta esculpido por los herederos de don Celestino Cuadri, renacentistas triguereños. Galafates que hubiesen mandado a coger amapolas a medio escalafón. Allá donde muchos vieron derrota y oscurantismo, sólo hubo un pulso vivísimo, luminaria fugaz, entre la bestia y el hombre, que nos transportó en la máquina del tiempo que arranca cada tarde con el big bang de clarines y timbales, varios siglos atrás, al lugar donde el torero era venerado como un ser mitológico y el toro, adorado como tótem de un pueblo aún no enfermo del infantilismo casto de la progresía.

Honor, valentía, oficio, incluso belleza frente a los piojosas deyecciones pseudoartísticas que colman el teatro de títeres tejiendo morisquetas a torejos infames. Con esa tarjeta de visita se hizo fuerte en Céret y demás aldeas galas donde saben distinguir el veneno del pachuli. Ídolo de ese catecismo del siglo XXI que es el torismo y heredero del Fundi.

De la escuela lazaríllica de tormes, pícaro, con trapío de yerno perfecto y cara de no haber roto un plato en su vida. Siempre sonriendo, bribonzuelo carialegre de la escuela del bambino Esplá y de Román, el joven que viene a pelear contra las sombras del sistema. Sufrió el látigo de las beatas toristas; el cuchillo del pitón sajando sus carnes y la indiferencia de las empresas sin un mal gesto, sin una mala cara, sin un reproche, con categoría de torero. Con torería.


A la edad de doce años ingresó en la Escuela Taurina de Madrid cuando ésta aún engendraba titanes; con trece le dió coba a su primera becerra; debutó en público a los catorce; el chispeante le quedó niquelao a los dieciséis; con diecisiete compartió paseíllo con los del castoreño y recibió el bautismo de sangre -zumo rojo que alimenta la Fiesta-; a los veinte se doctora; con veintisiete un presidente le choricea la Puerta Grande de Madrid; un mondoñedo -los miuras americanos- lo deja cojo a los veintiocho. A los treintaydós anuncia su retirada.

Que su nombre jamás figure en el triste monumento a los ilustres anónimos.

Alberto Aguilar.