miércoles, 4 de octubre de 2017

Victorino

Siempre ví a Victorino como un comandante Jacques Costeau con garrocha, un analfabeto con más conocimientos de genética que los guiris que descubrieron el a-de-ene. La Historia nos ha enseñado que en España nunca hizo falta un Hardvard para tener eruditos. Aquí directamente los pare la tierra y de ellos brota una sabiduría ancestral, congénita, con carácter de tribu. No tenemos indios sioux, pero tenemos paletos.

 Antes de que existieran las legiones veganas de biólogos con trapío de ministro, y ecologistas con chanclas y calcetines de pret a porter y deo gordo con uña aguileña, Victorino Martín Andrés ya impartía, entre encinas y lagartijas, cátedras de zoología, sostenibilidad medioambiental y botánica. En el fondo y a pesar de su anticuado aspecto, fue un adelantado a su tiempo.

Tiempo que no tardará en encumbrarlo a su verdadero su lugar. Historia de España. Si tras el ataque de lobo ibérico aún obnubila, imaginariamente, la voz gregoriana en off, como de monje de Silos, de Félix Rodríguez de la Fuente, a Victorino se le recordará por los siglos de los siglos, tentando grises machorras con su inconfundible expresión socarrona. Tratarlo de ganadero de prestigio, es infravalorarlo. Como naturalista ha dejado en herencia un patrimonio único e irrepetible: los vitorinos.

De sus toros está practicamente todo dicho. El genésis de un festejo taurino es el Toro, máximo representante en el mundo de los vivos del terror. Y a terror, siempre ganó un victorino. Dueño de las pesadillas de los más valientes espadas, fredy kruger cañí. Si en una corrida ordinaria se venden pipas; en una vitorinada, dodotis. Y únicamente el tabaco ha mandado más pacientes a la consulta del cardiólogo que el Señor de las Tiesas.




 Ayer se nos fue Victorino Martín Andrés
el ganadero del pueblo

Que la tierra le sea leve


lunes, 19 de junio de 2017

Fandiño







Tampoco ha pasado tanto tiempo desde que los yonkis de andanada, adictos a la papelina diaria de solymoscas, sonreíamos, ya desenganchados, por fin, del viejo vicio, de la puta tauromaquia, cuando apareció, como de la nada, una pantasma gallista, el montaraz Fandiño, a mi escaso entender, el matador más importante de lo que llevamos del XXI. El advenimiento del orduñés nos valdría para volver a las andadas, con una sutil diferencia: por fín había alguien que anteponía la autenticidad a la banalidad; la integridad a la corrupción -verdadera Fiesta Nacional-; la hombría castellana a la mojigatería clavelera y la heroicidad a la pamplina esa del arte.

Fandiño fue, es, y será por los siglos de los siglos, ojito derecho de la denostada afición torista, sectarios del toro cabrón, tertulianos de cossío y tuiter, esa chusma selecta a la que con tanto agrado pertenece uno. Nunca olvidaremos sus faenas, ya reproducidas en la retina en blanco y negro, a lo toreo de autor, el pulso a los jésiete, luego a los jédiez, el ni un paso atrás, ese no claudicar en despachos y su expresión de fiereza haciendo el paseíllo: sólo le faltaba el puro en la comísura para ser Clint Eastwood. Y siempre con los cojones por bandera.

 Qué perturbador ese caos que envolvía al maestro como el fuego del espíritu santo, el uys y el ays, las chicuelinas desbocadas, los óles tragando saliva, que son olés que estrangulan, las gaoneras a tragantón, la bancarrota de los vendedores de pipas -los verdaderos triunfadores de San Isidro, dos años más de Simón Casas y todos amanciosortega-; esas guerras napoleónicas de muleta repletas de enganchones, mando, gañafones y verdad; el par de zapatillas, clavadas al albero, como astronauta a la luna, mientras el manso con resuello a azufre te muge en la nuca. Y el tío sin pestañear. Qué cojones, Iván. Como te tiraste a matar sin trastos contra un hijoputa de seiscientos kilos y dos navajas cuando los histéricos del tendido no somos capaces de tirarnos así a la piscina por si el agua está muy fría. 

Todavía deben retumbar en los tímpanos del starsystem el "no me alivio porque no me da la gana", chulería -la chulería en un torero debería de darse en alternativa y ser obligada, como la peineta en la martirio- que escupió en una radio allá por el trece, cuando estaba moviendo el avispero y algunas puertas se le cerraban. Y buena fe que pueden dar aquellos bienaventurados que lo vieron en capeas carnavaleras, plazas portátiles de Ikea y talanqueras propias del spaguetti western sin volver la cara en ningún momento. 

La encerrona de Madrid, momento clave de la tauromaquia moderna, terminó representando eso tan español de lo que pudo ser y no fue.  El cartel, biografía y lápida de una vida, continúa estremeciendo al más pintao: lleva su a coronada, su herradura, la pé con la cruz, la uve en el hexágono, la eme con boina y su jota con la e; laberinto del minotauro cañí, un mapa de la historia de España trazado con sangre y oro; cuenta la leyenda que si te concentras en el cartel y le chistas eeeje toro tres veces antes de dormir se te aparece cazarratas en sueños. 

Y allí que estábamos todos, como una familia -o una secta de iluminatis, para las buenas gentes del clavel y gintonic-. Veintitantos mil, un ejército, pero eramos más, bien lo estamos viendo estos días. Con Iván abriendo plaza, al abordaje de cultura, desafíando al monoencaste, preparados para escupirle a la cara al toreo moderno, con el colmillo retorcido y la navaja afilada, contra el empresario mangante, el ganadero juampedrero y las figuras de pitiminí,  prestos a abanderar un nuevo tiempo con raíces en lo viejo que, como no puede ser de otra manera tratándose de nosotros, fracasó con estrépito. 

Hasta para fracasar hay que tener suerte.


Que la tierra te sea leve, 
Iván Fandiño Barros, 
Mataor de Toros