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miércoles, 4 de enero de 2012

La suerte tenía un nombre

 
Boni con un Palha que no quiso banderillear Esplá. Salmonetes


Decía Jean de La Bruyère que hay situaciones en la vida en las que la verdad y la sencillez forman la mejor pareja. Es un cita que viene pintiparada para describir la aquilatada torería del que, posiblemente, luzca la más lustrosa coleta de plata en los últimos tiempos, a pesar de las gazmoñerías esas del arte. Verdad y sencillez, dos de los pilares del toreo clásico.

Nieto, hijo y sobrino de toreros, triunfador, como espada, del San Isidro del 89, profanando dos tardes consecutivas pelo a garlopos de Don Félix Hernández Barrera -Guardiola Soto- y de Murteira Grave, que ahí es ná. Rafael Perea, el Boni, ha transportado en el tiempo, como si supiese la fórmula del condensador de fluzo del DeLorean de Doc (el científico cano y chiflado de Regreso al Futuro), la vieja escuela de la lidia a las órdenes de doña eficacia; la astucia de zorro que conoce el oficio, que sabe ver a las primeras de cambio si una gallina va para puta o novicia; en la defensa de la soberanía de las distancias, los terrenos y las alturas, pocas autoridades han alcanzado su jerarquía y no creo que haya matador que haya disfrutado de sus servicios que no repare en la "coincidencia" de que las mejores faenas, los más bravos toros de su carrera, han pasado por la cabeza, el corazón y las muñecas de este torero de dinastía.

En tiempos destinados a que venza la cursilería sobre la hombría, este Boni ha sabido lidiar Victorinos con guante de seda, banderillear Palhas con agallas de maquis y aristotélica maestría, con ojo de tecnócrata ha aprendido a administrar las anémicas vergüenzas de lo más bajo de la cabaña brava y cuando se lo ha propuesto, con la guapura del que más, ha sabido lucirse, ahí envejecen como testigo todas esas arenas que han visto como era obligado a desmonterarse. 

La suerte del Cid, esa bendición que hace que te embista un Hernández Plá o una alimaña de la A coronada, azar extrañamente envidiado por las sotas del arte, pero para los demás, no para ellos, que prefieren verse en otros menesteres más terrenales, tiene un nombre:

Rafael Perea Cordero, Boni.





lunes, 3 de enero de 2011

Balada triste de amargura y plata





Se cortó la coleta. Así, con la templanza de siempre; pegando lapas por abajo, harto de bregar con matasanos y sacamuelas; perdiéndole pasos a la desdicha, ganándoselos a una vida que recién empieza ahora; sin atender la necesidad de estrellar su malfario contra burladero alguno.

Curro Molina, álter ego de Francisco José Salguero Molina, deja los ruedos. Por los siglos. Ya no volveremos a ver ese quijote de plata que hechizaba gigantes a los vuelos de su seda heráldica o que colocaba los garapullos según los mandamientos pepillistas, practicamente extintos en nuestros días. Toreo. Lo suyo era puro toreo.

Ya queda algo lejos aquel 94, cuando un chavea veinteañero de Alcalá de Guadaira, que aspiraba al oro cargado -y cargante, en algunos casos- de los mayores, se llevó de calle el Bolsín de Ciudad Rodrigo. No mucho después pisó por vez primera la Maestranza, como novillero sin caballería, dando una meritoria vuelta al ruedo. Esa tarde dejó constancia de sus maneras, que ya nuncan lo abandonarían: cabalidad, inteligencia y conocimiento. Pues esa misma noche, no dejó que el centelleo del triunfo le causara ceguera, tomando la sabia decisión, demostrada por el mejor notario que hay: el tiempo, de cambiar el oro por la plata.  


Como rehiletero, en sus primeras tardes, estuvo a las órdenes de los matadores Umbreteño, Domingo de Triana, Joselu de la Macarena y el novillero Rondino. En estos primeros festejos le salieron los espolones, sirviéndole para placearse y adquirir el oficio que todo el orbe taurino, sin discusión, le reconoce. Luego comparió furgoneta con toda clase de diestros. Su primera tarde en la Feria de Abril fue una de esas que quita el hipo -y del Marlboro-, anunciado con Miuras, a las disposiciones de Domingo Valderrama. No se achicó y estuvo a la colosal altura de la cita, de la plaza y de la hombría de su matador: fue obligado a desmonterarse tras el tercio de banderillas. También "trabajó" con toreros artistas, como Fernando Cepeda, Rafael De Paula o Finito de Córdoba. Conoció otra parte de la Fiesta con Jesulín de Ubrique y Rivera Ordoñez, con los que anduvo algún tiempo. Alberto Ramírez, Ruíz Manuel, Eugenio de Mora también pudieron disfrutar, y aprender, con sus servicios. Sus últimos años los ha pasado en las filas de Sebastián Castella, dónde ha formado una de las mejores cuadrillas junto a Manuel Molina y Pablo Delgado. En las dos últimas temporadas ha permanecido durante largos periodos en el dique seco, merced a la maldita lesión de abductores que, a la postre, ha terminado por retirarlo de la profesión.

Se quedan aquí, en nuestro recuerdo, escritas con letras azabaches, todas esas tardes, vividas en unos intensos quince años, en los que los que íbamos a los toros salíamos tocando las palmas por bulerías, gracias a un fulano que no salía en el cartel ni cortaba orejas. Así, la cumbre torera de Curro fue en la casa de otro Curro, en la Maestranza, en la feria que llevaba por guarismo el 2, cuando con una larga cordobesa, con el capote mecido y bordado a la muñeca, se llevó, bien toreado, el morito a las tablas. El silencio maestrante tornó en algarabía y la música empezó a tocar, merced al recuerdo que al blanco y negro y a tiempos pretéritos que se encarnó en las retinas de los aficionados.  



Nos deja, como último legado, la tristeza, que es otra forma de sentir el toreo, más pura e íntima; dolorosa pero reconfortante. Porque no hay triunfo mayor para un torero que sentir como el aficionado sufre, padece y rabia con su retiro, como si llevara su misma sangre.   

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Amores que matan




Que llore la familia del toro, que el llanto limpia la sangre, desenreda las tripas y alivia el corazón. Que manen de nuestros ojos lágrimas enlutadas, vestidas de azabache, como el traje de luces con el que Adrián se despidió de la vida, aquella tarde en Torrejón. Porque lo que vino después fue un sinvivir, una agonía, la del hombre que ama al Toro y que no puede estar con él, la de una pasión que atormenta, que te duele, que te martiriza, capaz de hacerte soñar otros mundos, vivir otros tiempos, de transformar la cólera en belleza, de revolucionar el orden de la naturaleza, pero que te puede acabar matando. Porque hay pasiones que matan. 


No fue el caso del bueno de Adrián, que siguió enganchado a ese amor hasta el último suspiro. A los toreros, que nacen toreros y viven toreros, o los mata el toro, o los mata la pena. La pena de que en`aquella tarde´ el morito no acertara del todo. A Adrián, el torerillo de Casarrubios del Monte, a pesar de no perder nunca la sonrisilla picarona, tan torera como la de Juncal, se lo ha llevado la pena.


No hay amores imposibles, sino amantes cobardes. Y éste que se nos acaba de ir, de cobarde, ni un pelo, era macho desde la castañeta a las zapatillas, más o menos como los galanes que tantas veces se ha puesto delante. Lo de ellos ha sido siempre un amorío sincero, puro e íntegro. 

Se va con la cabeza alta, con la dignidad que le ha dado su oficio y que ahora Adrián le devuelve a través de un ávaro y macabro trueque: él entrega toda su vida; el toreo recupera una bocanada de aire fresco. La tauromaquia es una maquina caótica que sólo carbura con el carbón que proporciona la sangre del hombre. Con energías renovables, con estética en vez de riesgo, con animales colaboradores en lugar de toros encastados y con artistas cualificados taurinos en el sitio de los toreros, la vieja locomotora se va a ir parando...


A estas horas ya habrá pasado el túnel, estará llegando allá arriba, a la dehesa, que es dónde van los aficionados -el paraíso es para los pijos-, dónde con un cerrojazo similar al de los portones de la Maestranza, el operario, barba blanca, San Pedro en los carteles, le abrirá la Puerta del Principe. Podra sentarse dónde y con quién quiera, con Navalón, los Ortega, Corrochano, Manolete, Vidal, Pledge o Belmonte, que todos lo recibirán con los brazos abiertos. Es de los suyos.


Porque nunca dijo no al compañero, ya fuese figura o novillero; nunca dijo no a `tal o cual´ ganadería; nunca dijo no a la polvarea de las portátiles; nunca dijo no a la feria gorda y al toro grande; nunca hubiera dicho de negociar el futuro de su oficio con el político; y sobre todo, nunca renegó de nacer, ser y morir torero. 



No podía acabar el año taurino de otra manera que no fuese con la desgracia de un torero de plata. Demasiado ha ido el cántaro a la fuente. Filósofos, arcanos, astrólogos, místicos, químicos, físicos, médicos, clérigos llevan miles de años buscando el secreto de la Alquimia, la manera de transformar metales de saldo en oro, cuando la respuesta al misterio la tenían unos cuantos hombres del dos mil diez. Domingo Navarro, El Boni, David Adalid, Arruga, Casanova, Mariscal lo han conseguido: aquí y ahora, en este mundillo, un gramo de plata vale más que el oro de todo el  escalafón.


Descanse en Paz, Adrián Gómez, Torero.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Dos figuras secundarias que son primeras figuras




Magritas


Artículo publicado en ABC por Corrochano, el 13 de Junio de 1920, con motivo de la excelente labor realizada por los subalternos Maera y Magritas en la corrida de la Prensa celebrada un par de días antes.


Maera es un excelente torero, tan excelente a nuestro juicio, que le tenemos clasificado como el número uno de la clase de peones. En la actualida no hay torero de los que van en cuadrilla que bregue con el acierto, con el tino y con la precisión que Maera. Maera es el capotazo oportuno, necesario, justo, con finalidad. Cuando torea mira al toro y hace aquello que el momento requiere. Decimos que mira al toro porque hay una casta de peones que miran al público y toran lo que se llama para ellos. Son éstos los que una tarde, cuando nadie los espera, salen, bullen, hacen como que salvan una situación, y aunque no salvan nada, se retiran satisfechos, diciendo tres veces sí con la cabeza, en busca del aplauso que no llega, y si llega lo oye él solo, porque es la palmada cortés del espectador más próximo.


Se puede afirmar que hoy, ya gastados Morenito y Cantimplas -los dos peones que con más finura torearon- y un poco cansado Blanquet -menos fino-, es Maera el primer peón de brega y quizá el único que conserva la escuela de Sánchez Mejías: decisión y arrojo para llegar a los toros dificiles. Cuando sale el toro fácil, cualquiera es peón: basta con que sepa que un capotazo a destiempo puede cambiar la condición del toro, y con que tenga la noción elemental de que no se debe dar un capotazo más de los necesarios para conseguir el objeto que le llevó al toro.


Pero sale el toro difícil, el peligroso, ese toro al que la generalidad le torea de pasada, tirándole el capote, con lo que, lejos de corregir, aumentan las dificultades, pues el toro se entera que tras el capote hay un hombre que huye: entonces Maera -lo vimos numerosas veces- llega a un terreno que el primer sorprendido es el toro, pues no sospecha que aquella gente que huía pueda llegar hasta allí. Y Maera le da con el capote en la cara, y sin moverse espera la acometida terrible, y aguanta las cornadas, y deja que el toro descargue su furia en el capote. Con esto, no solamente corrige defectos del toro, sino que advierte al matador de lo que haya que hacer. El mejor elogio de Maera, y citamos con ello un testimonio autorizadísimo, se lo oímos a Joselito, que siempre se preocupó de las cuadrillas. 


Como banderillero es muy fácil, pronto, y toma los toros más cerca que ningún banderillero.



Magritas tiene una personalidad tan definida, un estilo tan suyo, que esl que da más emoción al banderillear y, como a todos los especialistas, el público le espera en el momento oportuno. Cuanto más fuerte se arranca el toro, cuando hay más peligro, cuando se ve al toro salir al encuentro del torero y la cogida parece inevitable, entonces es cuando Magritas se para, baja los brazos, junta las manos en la faja, como si al verse indefenso se entregara, y cuando ya parece que no es posible que salga del embroque, saca los brazos verticalmente, porque el testuz del toro no permite otro movimiento, los clava y clava al mismo tiempo, simultáneamente, y con una precisión admirable, el toro tira la cornada, y el torero gira y se deja el toro en el costado izquierdo...


Tienen otro mérito Magritas y Maera. Y es que esa laguna del primero al último tercio, la llenan de manera que no se enfría el entuasiasmo de la plaza, con lo que favorecen el éxito que su jefe lograra en el tercio anterior.

miércoles, 18 de agosto de 2010

La ortodoxia de la sangre








Dicen que la sangre de los hombres huele a metal, a hierro, por aquello de que el hierro es a la hemoglobina lo que el Toro a la tauromaquia. El olor que desprende la linfa de los toreros, que sirve para revelar, sin tapujos, su verdadera condición, varía dependiendo sobre que raza de toreros estemos apuntando.


Las heridas, escasas, de los que hacen como que se juegan la vida, rezuman y exhalan olores a gasolina y nicotina, tan adictivos como repulsivos. Esencia y toreo industrializado al por mayor, de venta en surtidores y estancos, -de primera, segunda o tercera, que más da- que han acabado eliminando y arrinconando a la tienda de ultramarinos que se esconde bajo la descascarillada fachada, la quincallería de la esquina o la vieja carbonería, lugares en donde no se vendía nada, pero en los que era frecuente encontrar pureza en el género, sabores recios en las talegas de las especias y calor y amparo en el carbón hurtado de las entrañas de la tierra.


A los tios que se juegan la pelleja sin mentiras ni fullerías la sangre les huele a romero y tierra mojada, alegorías terrenales del ciclo de la vida y la muerte; de la liturgia taúrica de los tres tercios; de la lucha de igual a igual entre hombres con corazón de Toro y Toros con la astucia de los hombres; del polvo somos y en polvos nos convertiremos, que se repite todas las tardes, en lugares tan dispares y con gentes tan opuestas que hacen de la plaza de toros uno de los pocos lugares donde la voz del pueblo no atiende a la voz del amo, ni la del animal a la de la mano que le da de comer.

¿Hay en estos tiempos de cretinismo humano personajes más auténticos; filósofos que sepan más, por el contraste entre sus carnes abiertas y su leyenda de héroes con la capacidad de su bolsillo y la forma de vida, de los albures de la vida; o mejores defensores del orden de la naturaleza que los toreros? Lo pongo en duda, pero más que nada por no parecer un lunático de la madre tauromaquia. Para el lector que necesite evidencias como Santo Tomás de Aquino, que meta el dedo en las llagas culturales y humanistas que nos rodean: Obama de Premio Nobel; el sillón eñe minúscula de la Real Academia Española es de Ansón y sus razones, la uve mayúscula es otra de las propiedades del Priso Juan Luis Cebrián y la u minúscula se le queda chica al estomagante Muñoz Molina; el séptimo arte lo tenemos adulterado por la proliferación de personajes hechos de pixels y bits, que acabaran por convertir el oficio de actor en el de mamporrero con verbigracia; la primera gran obra literaria del siglo XXI, según la crítica y las ventas, es una trilogía de novelas sobre una chica, agujereada y tatuada, que parece un chico, que no le dice never ni a la carne ni al pescado, que hace de su vida un juego con hombres y ordenadores, que vienen a ser casi lo mismo; los musicales de Broadway y Mecano, con sus niñas monas cuasi raptadas de castings de telebasura, siguen invadiendo los teatros, otrora ruedo de actores de método, capaces de enloquecer interpretando al Quijote, al Licenciado Vidriera o al Perote de Lope de Vega; y el postre o la postra, el colofón o colofona, lo pone Zapatero, con su sonrisa de intelectual, sus cejas de ente interesante y su talante de hombre sereno, cabal y bueno, por aquello de antitaurino -casi todo el mundo ya conoce que el aficionado a toros es un vándalo que merece la horca o una invasión de la OTAN cuando saque el pañuelo verde en el tendido-. Me da vergüenza que el presidente de cuarenta y siete millones de personas asista a las cumbres internacionales con el botijo, la boina y el peine en la cartera, incapaz después de seis años en Moncloa de manejarse en inglés con sus homólogos, necesitando en la cuadrilla un traductor, como si se tratáse del presidente de Ruanda, Sri Lanka u Osetia del Sur. Su preocupación radica en hablar catalán, mucho más rico y necesario que el inglés, idioma que manejan seiscientos millones de personas, entre los que se encuentran muchos españoles sin trabajo, sin dinero y sin talante. Definitivamente, la tauromaquia además de ser eterna, sigue siendo lo más moderno que pueden ver nuestros ojos, mientras no nos dejen ciegos. Englobar la tauromaquia como una rama de la cultura es menospreciarla y rebajarla. El toreo, ya lo dijo un sabio, es grandeza.



Cuadrilla de Julien Lescarret con Miuras en La Madeleine 2010. Photaurines.



Casanova en San Isidro con los Cuadri. Paloma Aguilar



El Boni, en Madrid, con un Palha que no quiso banderillear Esplá. Salmonetes



Luis Mariscal, el día de la Virgen (que le echó un capote) en Sevilla. Sevillataurina.




Ortodoxia y Heterodoxia. No son dos ramas filosóficas orientales -que bien podrían serlo-, ni dos de esos nombres tan poco amables para su portador con los que nuestros bisabuelos bautizaban a sus hijas. Es de necios denunciar que la ortodoxia es la bandera que utilizamos los aficionados integristas para fastidiar al prójimo, un capricho estético en los gustos de este mismo sector o un mandamiento de unos cuantos dinosaurios que se resisten a desvincularse del pasado. El Toreo sólo puede ser ortodoxo, no hay opción. A lo otro, lo heterodoxo, le reconozco y no se me caen los anillos, que puede ser bello, cautivador e incluso emocionante, pero sigue adoleciendo del sentido, continua sin satisfacer la finalidad misma del toreo: dominar los impulsos de un animal indómito.



- Pero que listillo que es el de Hasta el rabo todo es toro, ¿acaso los heterodoxos no son toreros ni se llevan cornadas, ni ponen su vida en juego?


Pues claro que sí, faltaría más. Si hablamos de que éste es un oficio, tenemos que decir que en todos los trabajos ocurren accidentes, en ocasiones culpa del material y de las herramientas, que por desgastadas o defectuosas te pueden jugar una mala pasada. Sin embargo, la estadística dice que en la mayoría de los casos todo viene por un error humano: exceso de confianza y desatención ante un laburo tedioso, que ya nos conocemos de memoria; pluriempleo, demasiados dias trabajando a la semana; o simplemente, incapacidad para desarrollar una actividad.


De forma análoga a estos pegapases -que es lo que son- heterodoxos, existen personas mutiladas en accidentes ferroviarios mientras cruzaban en burro un paso a nivel a las que a nadie se le ha ocurrido llamarlas maquinistas; o calificar como pilotos a las miles de víctimas que estaban en las Torres Gemelas y que perecieron a causa del choque de los aviones. A cada cosa, por su nombre. Y estos ni son toreros, ni siquiera lidiadores; sí matadores de toros, más por la alternativa que por la maña.



Paquirri en Granada. Ideal



El Fandi, en cualquier sitio y a cualquier hora.



El Fandi, violín que te crió.




Ferrera, de festival.


Los clásicos -mucho mejor que ortodoxos-, viven y sienten de otra manera. Para empezar, gracias a su pata pa'lante, su estima por el pitón contrario y su vergüenza, hacen que junto a los trastos de torear y los de matar, entre las puntillas y los verduguillos, viaje la guadaña junto a su dama. No hay tarde que no estén expuestos a ellas. Son los verdaderos novios de la muerte sin necesidad de cabra, himno o legión.


Los de los unos y los hotros, son miedos muy diferentes. A los distintos, que no asumen al burí como enemigo, sino como colaborador, les asusta el toro y sus cositas: el calamocheo, el gazapeo, el geniecito o el gañafoncito. La muerte, la tragedia, les suena a NO-DO, a Matías Prats y a Manolete. A fachas y señoritos. Los otros, los puros, que conocen bien el percal, se dejan cada tarde los cuartos, las escrituras del cortijo y la fotografía de la familia en la mesita del hotel, y marchan montera en mano para la plaza, a vencer sus miedos, entre los que no se encuentra el del Toro, al que sin embargo, respetan y veneran. El orden de importancia que conceden a sus temores son el fracaso y la muerte, aunque algunos, por la proximidad y el roce con ella terminan por tratarla de tú. Al fracaso, a la responsabilidad, sin embargo, no pueden apuntillarlos hasta que no se cortan la coletilla.



Si estos días tienen el privilegio de pasear por Sevilla -abanico en mano- notarán que el olor a azahar que pregona la letrilla hace ya que caducó, y que el de la cera y el incienso se encerró junto la Virgen de la Aurora en Resurrección, hasta el año que viene. El aroma de este agosto en la atmósfera sevillana está impregnado de romero y tierra mojada, y no porque haya vuelto el Faraón, con sus legiones curristas, ni porque los barcos que subían por el Guadalquivir con el albero para la Maestranza hayan vuelto a la ruta. Ese olor proviene del monte del Baratillo, de la sangre de un tío de la tierra al que jamás podrán decirle que lo pilló el tren paseando por los andenes y la periferia o que lo volteó un avión, mientras pensaba en las musarañas de Cuvillo. Huele a gente que quiere ser, y es, algo en esto por méritos propios. Huele a Luis Mariscal.



Gentes como Mariscal, el Boni, Luis Carlos Aranda, Montoliú, Carretero, Domingo Navarro o Trujillo, son las que hacen que el aficionado más cuerdo siga perturbándose cada vez que acude al tendido. Gracias a todos ellos, y algunos más, me reafirmo en mis trece: si volviera a nacer cien veces, cien veces que volvería a ser aficionado a los toros.

Y a los toreros buenos.