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lunes, 15 de noviembre de 2010

¡El de los pitones serrados..!






* Les animo a que se introduzcan en la visión, año 1969, muy particular de Juan De Málaga, -casi crítico non grato en este blog a partir de ahora-, de la Época de Oro del Toreo, que tanto concuerda en género y número con los abolicionistas de la esencia taurómaca, los flamenquines del G-7 y sus correligionarios. Desde aquí defendemos, hasta el final, sea cual sea, la certeza absoluta de que en la Tauromaquia siempre hubo fraude, espabilaos y borregos; pero también lidiadores al servicio del arte, toros encastados y taurinos con señorío. Aquella Fiesta no fue perfecta, pero es que ésta, simplemente, no tiene un pase...




Juan De Málaga
El Ruedo
Enero, 1969




LAS `HABAS´ DE LA ÉPOCA DE ORO DEL TOREO



Desgraciadamente, aunque por lógica ley de vida, quedamos muy poquitos de los que sabemos bien por qué pasó a la historia, con el nombre de Epoca de Oro del Toreo, la de Joselito y Belmonte, y no hablamos de ella por referencias, sin haber visto siquiera a `La Maravilla de Gelves´y, sólo en sus reapariciones, a `El Ciclón de Triana´. Claro que esto no nos parece mal, porque también nosotros hablamos de Lagartijo, Frascuelo y Guerrita sin haberlos visto, y , de igual modo, otros escritores, de los Reyes Católicos, de Cristobal Colón y hasta del Rey Herodes, que en estos días citamos casi todos los que pertenecemos al periodismo.

Lo que no nos parece tan lógico es que esos nuevos `joselitistas´y `belmontistas´nos quieran hacer creer que, en la época de la inolvidable pareja todas las corridas eran magníficas, todos los toros cinqueños y con grandes defensas y que los públicos salían todas las tardes entusiasmados de las plazas. Y no sólo no lo creemos lógico, sino que es falso, porque también en aquella época `se cocieron habas´.

Se la llamó de Oro, justamente porque, desde la retirada del Guerra, en las corridas, lo atrayente y lo que prevalecía era el toro-toro, y ya conocen ustedes la frase de que `cuando el toro es chico, es porque los toreros son grandes, y viceversa.´

Joselito, primero, y Belmonte, después, llegaron cuando quienes mandaban eran Ricardo Bomba y Machaquito, artista uno y temerario otro; pero que sólo llenaban plazas en los días de corridas de Feria, y éstas no llegaban, ni siquiera en Madrid, Valencia y Sevilla, a la media docena de espectáculos. El número de esos aumentó con José y Juan; la pasión entre los aficionados llegó a límites que no había tenido nunca, y los honorarios de las dos grandes figuras aumentaron gigantescamente, en dos mil pesetas, a los mil `durazos´que cobraba Guerra.

Pero nada de esto quiere decir que la gente saliera siempre encantada de la plaza, que los toros fueran grandes y que nuestra gran Fiesta no tuviera males parecidos a los que hoy tiene, y que algunos viejos y chocheantes aficionados, y otros jóvenes, aunque también viejos de espíritu, creen que acabarán con ella.

Recuerdan ustedes el primer mano a mano de Joselito y Belmonte celebrado en nuestro circo de La Malagueta, del que salieron defraudados todos los críticos madrileños que a Málaga vinieron, y, entre ellos, el entrañable Curro Castañares -que, como yo, en mi `Sur´, EL RUEDO y la Radio, sigue él escribiendo de toros en `Ya´-, que tituló su crónica en el semanario `The Kon Leche´, `Un mano a mano con monos monos.´El propio Juan, en el libro que le escribió Manolo Chaves Nogales, al que no pocas veces me he referido y sospecho que todavía tendré que hacerlo muchas más, decía: `Los públicos empezaban a cansarse de nosotros, precisamente por la sensación de seguridad, de dominio y de eliminación del riesgo que habíamos conseguido dar. Esto como digo, era todavía más grave para Joselito que para mí, porque daba más aún que yo la sensación de que toreaba impunemente. Y aquel torero que había gozado como ninguno del favor de los públicos se desesperaba al ver que las multitudes se volvían injustamente contra él. La gente veía que una vez, y otra, y veinte, y cientos, llenábamos las plazas y cómo ni a Joselito ni a mí nos mataba un toro, empezó a considerarse defraudada hiciésemos lo que hiciésemos. Tal sensación de seguridad dábamos en los ruedos, que el espectador llegó a creer que lo estábamos robando´. Eso el espectador -agrego yo-, que en los periódicos también se escribió de ellos cosas parecidas a las que hoy se dicen de Ordoñez, Cordobés, Camino, Puerta y demás figuras del toreo. Incluso se habló de afeitado de los toros y la prueba la ofrecemos en esa portada, reproducida de un semanario taurino que se titulaba como el diario londinense, porque en aquella época se pusieron de moda los títulos raros, con abundancia de `K´: `The Kon Leche´, `Kafé con Media´ y `The Times´, que no tiene `K´, pero tampoco la menor relación con asuntos taurinos.

Y no era sólo en los semanarios donde aparecían acusaciones y críticas contra Joselito y Belmonte, pus el propio Corrochano, el amigo querido y admirado compañero nuestro, escribió en ABC una crónica de su visita al encerradero de Los Merinales, refiriéndose al cajón que vio preparado para lo que entonces se llamaba, modestamente, el arreglo de las reses, consistente en igualar los pitones, quitándole a uno lo que le sobraba con relación al otro y a éste lo que le había quedado de más, por error de apreciación en la operación primera.

Nada de esto quiere decir que estemos conformes conque sigan los actuales males de la Fiesta, que deben ser evitados a toda costa, pero sí que no se escandalicen algnuos de los que conocieron y que se empeñan en convencer a la gente de que antaño todo era perfecto, y sólo lo de ahora merece críticas, pretendiendo llevar al ánimo de las gentes que en el negocio taurino todos se dedican a estafar al público. O sea, lo que ya decía Belmonte en su libro de los espectadores taurinos en la justamente llamada `Epoca de Oro del Toreo´

domingo, 8 de agosto de 2010

La bella y triste leyenda del valor







Corinto y Oro

La Voz
24 Septiembre 1923





El caso de Luis Freig, cosido a cornadas y herido gravemente en la corrida del domingo al entrar a matar a su primer toro nos ha sugerido el tema de esta crónica.

¿Qué es el valor? Hace tiempo que venimos haciéndonos esta pregunta y siempre hemos llegado a la misma conclusión: el valor es originariamente una cualidad, una aptitud, un sentimiento. Un torero es valeroso como es alto, como es bajo, como tiene los ojos azules o negros. Consecuencia: el valor es algo innato y natural en el individuo, como es el origen de gran parte de sus virtudes y de sus vicios. Es algo íntimo y espontáneo que nace, vive y muere con nosotros. De aquí el que no sea patrimonio de la voluntad. Se cultiva el valor como se cultiva una planta. La voluntad y el celo pueden contribuir a desarrollar estas cualidades, pero no a crearlas. Fundamentalmente somos valientes, no por obra y gracia de la voluntad, sino por la disposición de nuestra naturaleza. Un torero es valiente no solamente porque la voluntad le venza al miedo, haciéndole permanecer sereno ante el peligro, sino también y principalmente, por la disposición de su naturaleza, esencialmente valerosa. Recuérdese a este propósito la clásica definición de Montes acerca del valor. Un hombre es moral no porque la voluntad lo aparte del mal y evite todo contacto impuro y pecaminoso, sino por el impulso espontáneo de nuestro espíritu, por inclinación instintiva hacia el bien. En esta disposición radica la verdadera naturaleza del valor, y de aquí nace esa leyenda tan bella como triste y que con tanta frecuencia se confunde al hablar del valor de los toreros. Y es que todavía no hemos acertado a distinguir lo que en unos es accidental y en otros permanente. Hay toreros que, sin ser valientes, tienen esa leyenda de valor, y hay otros que, sin tanto ruido ni aparato, como, por ejemplo, Luis Freg, son infinitamente más valientes que aquellos, no sólo por necesidad, sino por temperamente y por naturaleza.


En el toreo hay un concepto tradicional del valor que es falso, falsísimo. Comúnmente se le confunde con la temeridad y hasta se llega a emplear como sinónimo de su significado. Y, claro es, al hacer esto, se llama toreros valientes a los que no son sino temerarios. Por no molestar a ninguno de los toreros actuales, pongamos, por ejemplo, a Moreno de Alcalá y Machaquito, que han sido dos casos de temeridad pero no de valor. Porque la valentía es algo aparte y distinto de la temeridad. Entre el valor y la temeridad existe la misma diferencia que entre una flor natural y otra artificial; un manantial y un estanque. No se trata de una diferencia de matices, de grados, sino de naturaleza, de origen, de cualidad.


Recordad imaginativamente a dos tipos de toreros, el uno, el valiente, y el otro, el temerario: Vicente Pastor y Machaquito. Y si queréis observar otro caso de valor, quizás el más interesante y ejemplar, recordad un momento a Bombita. Era un chiquillo que caminaba ilusionado hacia la muerte con la sonrisa en los labios, como si fuera una cita de amor...









En cambio, los toreros temerarios, ¡qué tragedia más espantosa la de su vida! Son héroes por fuerza. Recordad sus gestos, sus actitudes, sus momentos. Están inquietos, azorados, nerviosos. Si el toro les tropieza, entonces surge la tragedia de galería, el bonito y divertido espectáculo del pelo enmarañado, los brazos extendidos, el rostro ensangrentado y lívido, y todo su cuerpo agitándose como un pelele borracho y dando la sensación de que lo que quieren, más que desafiar el peligro, es ahuyentar el miedo y vencer la cobardía. Pero la leyenda, la bella y triste leyenda del valor, les tiene en alto, haciéndoles representar la farsa, que sería ridícula y grotesca si no estuvieran bordeando los límites de la tragedia. ¡Qué bien explotan y han explotado ese truco muchos de los toreros antiguos y modernos! Luis Freg es de los pocos a quienes no seducen estas apariencias engañosas del valor. Como torero, se le podran censurar muchas torpezas y no poca ignorancia; pero como valiente, es de la más absoluta honradez. Esta es su mayor virtud, y acaso también su más grave defecto. Porque en el toreo no basta exclusivamente el valor; hace falta sobre todas las cosas, el arte y el dominar. Sin estos requisitos, justo es confesarlo, no se puede ocupar en el toreo un puesto de honor. Y Luis Freg ha llegado a ocuparlo, pero a costa de su sangre. Esto es doloroso; pero desgraciadamente es cierto. Como no ha podido dominar a los toros por su arte o su conocimento, ha tenido que vencer esta dificultad por medio del valor, y ya sabemos lo que esto significa para los toreros por el peligro que a que están expuestos. Entre el valor del torero, por muy grande que sea, y la brutalidad de un toro, por noble y manso que resulte, siempre vencerá éste, aunque por fortuna o por suerte salga el torero triunfante en determinados momentos. Esta es toda la historia taurina de Freg. De cien toros que ha matado en veinte ha salido ileso; cincuenta le han volteado, y treinta le han herido. La proporción es tan dolorosa que, aun siendo para el torero su más limpia ejecutoria de pundonor y vergüenza es para el aficionado imparcial y desinteresado la conclusión más terminante de su inutilidad y de su impotencia. No vale la pena de lograr un nombre como el de Freg, y ganar unos billetes, si en cada moneda hay un gesto de dolor y en cada letra un litro de sangre.


Es necesario que los nuevos toreros vayan convenciéndose de que el arte de torear no es solo un alarde de valor. Hay que echarle valor a los toros, pero salvando el peligro por medio del conocimiento y del arte. Quien no siga este camino está irremisiblemente perdido. Un toro se le puede matar bien si previamente no se le ha dominado y para esto hace falta el arte o la inteligencia. Ese fué el caso de Luis Freg en el toro de su cogida. El toro no ofrecía ningún peligro. Era uno de esos animales dóciles, suaves y pastueños que hasta para embestir avisaba. Durante la lidia, ni por casualidad tiró una sola cornada. Luis Freg, que le había toreado muy bien de capa -acaso lo mejor que hizo en toda la tarde-, tomó la muleta y comenzó a pasarlo con imponderable valentía; pero sin llevarlo toreado en un solo pase ni dominarlo en un solo instante. El toro entraba y salía en la muleta con la docilidad y mansedumbre de un borrego, y el torero se ajustaba y se ceñía cada vez más. Hubo dos o tres momentos, al dar unos pases de pecho y al marcar un natural, en que el toro, por entrar y salir suelto, sin ir prendido en la muleta, estuvo a punto de darle un disgusto. Durante toda la faena hubo un detalle, en el que seguramente no reparó el torero, y fué que el toro le empujaba hacia los terrenos de adentro. Por fin el toro se colocó muy bien en la suerte natural; pero como no estaba dominado con la muleta, no puedo fijarlo al colocarse a matar, y se le fué el toro cuando se disponía a montar la espada. Volvieron de nuevo a colorcarse toro y torero en los tercios del 2, y esta vez se arrancó el toro, viéndose obligado el matador a aguantarle, dándole un pinchazo en hueso. Intervinieron los peones, y el toro, aburrido, se marchó a los tercios del 8, y allí fué a buscarlo Freg. Solo le dió unos cuantos pases de aliño, y sin preocuparse de que el toro estaba aculado en tablas y casi perpendicular a la barrera, le entró a matar en un terreno tan peligroso y comprometido que la cogida era inminente. Si a esto se añade que el toro esta algo humillado y encogido, y que el matador le entró muy derecho y despacio, dejando muerta la muleta sobre la pierna contaria, se tendrá explicada la cogida...

domingo, 17 de enero de 2010

La mirada del toro

Foto: Toros para todos


Les dejo a continuación con un fragmento del último post escrito en el blog Veterinarios Taurinos de Andalucía, cada día más interesante.


La mirada del toro


Hay muchas opiniones al respecto, pero lo cierto es que está demostrado que el toro no ve entre 0,4 y 1 metros, del mismo modo que como antes se ha dicho no distingue bien los colores, qué más da que el torero se ponga de rojo, (¡el color de los valientes otro mito!) ó de amarillo y la muleta y el capote tenga que ser rojo y fucsia. Por tanto para el técnico conocedor no tiene demasiado sentido valorar el pegarse un arrimón o ponerse los pitones en la taleguilla, porque realmente es jugar con ventaja ya que el toro en esa distancia no ve ó solo ve un bulto, y si además normalmente eso lo realiza el torero al final de la faena cuando la hipoxia (falta de oxigeno) y la vasoconstricción causas que hacen que disminuya aun más la visión, es máxima, qué se quiere demostrar o a quién se quiere engañar.





Foto: Rincon en Barcelona. Francois Bruschet.


¡Cómo se te añora, Maestro!










sábado, 26 de diciembre de 2009

La Fiesta: ecología, pasión y muerte



Artículo de Francis Wolff en La Razón


La Fiesta: ecología, pasión y muerte


Un día, un periodista me preguntó si la corrida era de derechas o de izquierdas. Había motivos para dudar: en Francia hay tantos aficionados de izquierdas como de derechas. Y la defensa de la tauromaquia es el único punto común político entre los cincuenta municipios que se han movilizado para que la UNESCO reconozca la Fiesta como patrimonio inmaterial de la humanidad.
Yo respondí: «No más que la ópera, el flamenco, o el ciclismo, los toros no son de derechas o de izquierdas. Sin embargo, hay partidos ecologistas que deberían reconocer en la Fiesta sus propios valores. Por desgracia, estos partidos suelen estar teñidos de una ideología animalista muy poco ecológica, y llenos de militantes que ignoran la realidad de la vida del toro en el campo y de su muerte en el ruedo».
Ecosistema único
Los defensores de la corrida sí dirigen un combate ecologista. Primero, defienden una de las últimas formas de ganadería extensiva que existen en Europa, en la que cada animal dispone de entre una y tres hectáreas de territorio. Acabad con la corrida, y muchas de esas tierras hoy reservadas al toro de lidia se destinarán a una agricultura intensiva o industrial. Defienden un ecosistema único, la dehesa, que es una verdadera reserva de fauna y flora a imagen de los grandes parques naturales protegidos. También defienden la biodiversidad. El toro bravo constituye una variedad única de toro salvaje preservada gracias a las grandes ganaderías, y que quedaría condenada al matadero si se acabara con la Fiesta.
Es un caso único de ganadería que respeta casi todas las exigencias de la vida salvaje del animal (territorio, alimentación, etc) precisamente porque es necesario, en vista del futuro combate, preservar su instinto natural de agresividad y de desconfianza hacia todo intruso, en particular el hombre. El toro de combate es el único animal doméstico que para satisfacer las finalidades humanas para las que ha sido criado necesita que no se le domestique. Ha de ser criado lo más «naturalmente» posible – pues de no ser así, su combate en la arena sería imposible y la corrida perdería su sentido-.
Condena del animal
¿Existe espectáculo o arte más ecológico que la Fiesta? Seguramente no. Pero resulta que muchos ecologistas «olvidan» sus valores para adoptar valores animalistas opuestos. Defender la biodiversidad, el equilibrio de las especies y de los ecosistemas no tiene nada que ver con el hecho de ocuparse del destino individual de tal animal. No se puede salvar la especie «leopardo» y preocuparse del sino individual de las gacelas. Hay que elegir. Para salvar el toro de lidia como especie, hay que sacrificar algunos ejemplares destinados a la arena más que al matadero. Resulta paradójico que para salvar a unos ejemplares haya que condenar toda la especie, tornada inútil, al matadero. Pero ¿no podemos compadecernos de la suerte de los animales? Por supuesto. Debemos devolver a nuestros perros y gatos el afecto que nos profesan; una especie de contrato moral afectivo nos une a estos animales de compañía, y claro que resulta cruel pegar a su perro o inmoral abandonarle en el área de servicio de una autopista. Con los animales domésticos, tenemos otro tipo de contrato moral: nos dan lana, cuero o carne, a cambio de nuestra protección, una alimentación adaptada y condiciones de vida decentes. Resulta cruel criarles masivamente y reducirles a máquinas de carne. ¿Y con los toros bravos? Otro tipo de contrato nos une a ellos: respetar su bravura mientras viven y hasta en la muerte. Por tanto, es moral criarlos de acuerdo a su naturaleza brava (libre, insumisa y rebelde) y sacrificarlos en un combate que les da sentido, importancia, gravedad; un cara a cara que respeta su naturaleza brava, y durante el cual el hombre arriesga su propia vida a la altura del respeto que éste tiene por la vida de su adversario. ¿No es eso más moral que la contención forzada y el sórdido silencio de un matadero?
Que no guste la corrida por una cuestión de sensibilidad personal, es comprensible: todas las sensibilidades son respetables. A quienes lo ignoran todo sobre la corrida, las condiciones de vida o de muerte del toro, la ética del combate y su estética, a todos los que se imaginan un espectáculo cruel y sanguinario, sólo hay que aconsejarles que visiten algunas ganaderías o asistan a algunas tardes heroicas y grandiosas. Verán la comunión espiritual que rodea a este espectáculo desgarrador y sublime. Y si prefieren mantenerse alejados de los toros y conservar sus prejuicios, son libres, a condición de que su ignorancia no les haga intolerantes con quienes no piensan ni sienten como ellos. Pero que algunos se atrevan a calificar de «tortura» el peligroso enfrentamiento del ruedo, donde el hombre arriesga su vida en cada instante, eso es una cuestión de mala fe. Es un insulto a todos los torturados de la tierra. Es querer invertir el sentido de las palabras: torturar es, sin correr ningún peligro, hacer sufrir a un adversario al que se ha dejado indefenso, mientras que lidiar un toro, consiste en que el animal pueda en todo momento atacar libremente a su oponente al que puede herir en cada instante, un animal cuya bravura y peligro se acrecientan según transcurre el combate.
Si fuera un buey, no dejaría de huir (y eso sí sería tortura) y entonces no habría corrida; si el toro fuera realmente torturado, huiría en lugar de redoblar esfuerzos y seguir luchando. Hablar de tortura para referirse a la corrida es atacar a todas esas actividades, sin embargo bien pacíficas, que implican la muerte de un animal, como la pesca con caña. ¿Se puede llamar torturadores a esos pescadores domingueros? ¡Los aficionados no disfrutan con las heridas del animal! Admiran la inteligencia del hombre, la bravura del animal, el valor de los combatientes, la transformación de una fuerza bruta en obra humana.
Los autoproclamados defensores de los animales, que se arrogan el monopolio de la moral y de los buenos sentimientos, como si nosotros, los aficionados, fuéramos insensibles e inmorales, todos esos animalistas, se compadecen quizá de los sufrimientos de algunos, pero ¿quieren de verdad a los animales por lo que son, lo que hacen y lo que encarnan? ¿Aceptan la animalidad en toda su diversidad o lo que quieren es reducirla al fantasma de amables animalillos de dibujos animados de Walt Disney? Quien ama a los toros sabe que para ellos el peor de los males es el estrés que conlleva el confinamiento más que el «dolor», anestesiado por el combate y transformado en combatividad: el soldado –¡o el torero!– olvida sus heridas en el ardor de la batalla, son absorbidas por la acción y transformadas en actos.
Sinceridad
Seamos generosos y supongamos que todo el mundo es sincero, tanto los aficionados como los antitaurinos. Admitamos que todos aman al toro y quieren defenderlo. Unos ven en él un héroe que lucha, los otros una víctima a la que se mata. Pero eso sería imposible, tanto para unos como para otros, sin una dosis de identificación. Tratemos entonces de responder con franqueza. ¿Qué preferiríamos si nos tuviéramos que poner «en el lugar» del animal? ¿Una vida de buey de campo encadenado que se acaba pasivamente en el matadero o una vida de toro en libertad que se prolonga en veinte minutos de combate valiente? Quizá algunos duden… Si dudáis, no denigréis a quienes prefieren la vida y la lucha del toro bravo, a quienes piensan que su suerte es una de las más envidiables de todas las especies animales que el hombre se ha apropiado para satisfacer sus fines y que pueblan su imaginación. No sentenciéis a muerte la corrida ni los toros de combate, respetad a quienes los aman.


*Catedrático de Filosofía de la Universidad de París