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lunes, 11 de octubre de 2010
La sobriedad de la plata
A Dios gracias, El Boni no se ha ido de puente, y hemos podido ver en El Pilar las primeras gotas de enjundia torera, de conocimiento de la lidia, de una mente despejada y un oficio y valor espléndidos para no crear, y solventar, los problemas propios que presenta un toro bravo y que, en ocasiones, se inventan las mismas cuadrillas, empecinadas las más de las veces, en pegarle un tiro en el pie a su propio matador.
En el que abrió plaza, al que vamos a referirnos como utrero -como los seis restantes- porque ese amasijo de carne y pelo no merece llamarse Toro, dió toda una lección de sobriedad. Actitud ante el toro, y la vida, que hoy se lleva poco, y luce menos, pero que rige los cánones de lo que tiene que ser un torero y un hombre. Sacó al utrero del acorazado de picar andándole para atrás, sin abrir la capa, lo sujetó sin necesidad de estrellarlo en el burladero de matadores, sin atosigarlo, dándole su tiempo y su aire hasta que los tanques equinos abandonaron el redondel. Sin un sólo capotazo. El temple, es mucho más que el movimiento rotatorio de una muñeca, o el siseo del pedal de freno del tiempo. El temple es el método a través del cual se ordenan de manera casi geométrica todos los elementos que que intervienen en la lidia. Temple es lo que ha tenido el Boni, para ordenar y mandar, para hacerse con los mandos del timón y dar sentido al desusado término de la lidia. Cuatro capotazos, cuatro, desde que el cuatreño salió del segundo puyazo simulado del jaco hasta que su matador lo recogió muleta en mano. La lidia del Boni, al Ministerio de Economía.
Lamentablemente, como es uso y costumbre, los muchos que van a los toros y no ven más alla de su propia nariz, se irán a casa con el mensaje equivocado: `hay que ver, la suerte que tiene el Cid con los sorteos´. La lotería es su cuadrilla, y el gordo es el Boni.
En el cuarto, le puso la gente a rabiar con un genial par de banderillas, más bello en la preparación que intenso en el embroque. Si además de hacer las cosas bien se puede poner a la gente a favor, miel sobre hojuelas. En la brega de este utrero no le anduvo a la zaga el Alcalareño. Bien por ellos.
Así, a El Cid le llegaron dos criaturas que por lo menos se pudieron mover, que no se cayeron, y que dieron sólo una poca de pena, situación que viendo como están las cosas, es casi digna de estudio. Es un Cid que va recuperando confianza, que torea más asentado, que no se arredra y al que la cabeza le sigue carburando. Su muleta no tiene la magia de antes, el pico ha ido sustituyendo a la panza de la tela, y el maestro se situa un metro más acá que antes, en que se ponía allá, en el pitón contrario. Soy de los que piensa que el que hoy, y en la mayoría de las veces en este año, hemos visto torear es un buen Cid, que no es aquel capitán de la nave taurómaca que no había mar con el que no pudiera, pero que sigue siendo mejor que todos los importantes que cosechan triunfos de los que venden en Enero en El Corte Inglés. Salió por la Puerta Grande, con dos orejas cariñosas que su toreó no mereció, pero que le permiten despedirse de un año tan duro con un buen sabor de boca.
Fandi se llevó una ingrata sorpresa, pues el lote le salió rana, y los bichos negruzcos de cuatro años engordados por Salvador Domecq le han salido más respondones de lo que su genealogía de bobos hace indicar. El quinto le hizo sudar y le devolvió el agravio de las carreras y los brincos en banderillas dándole una voltereta con paliza incluida. No fue capaz de sobreponerse como lo hacen los toreros buenos, con la sobriedad a la que nos referíamos antes, y lo que hizo fue meterse en una absurda guerra en la que un hombre pegaba mantazos y un organismo con masa córnea que tiraba topetazos. Y eso que el organismo cuatrípedo de haber tenido otro delante con algo de inteligencia, por lo menos de la taurina, hubiera embestido hacia delante, con codicia hasta el umbral del cortijo que se le podía adivinar. Pero no. No fue llevado, ni mandado, ni exigido, ni toreado entonces, por la muleta de Fandila. Cuando hay toro... no hay Fandi que valga.
Y Talavante vino con uno de esos días en los que sí, pero no... Otra vez será.
jueves, 6 de mayo de 2010
La primera en la frente

Una gran estocada que, mal que bien, le valió una oreja. Cabrera
Madrid. Plaza de toros de Las Ventas. Feria de San Isidro. Primera de feria. Casi lleno. Toros de Salvador Domecq y un sobrero, sexto bis, de Navalrrosal. Curro Díaz, Juan Bautista y Eduardo Gallo.
Primera de las múltiples apariciones de animales con sangre de la calaña Domecq en San Isidro. Sin novedad en el frente. Atocinados, con más magra que sustancia, con el indicador de la reserva de casta encendido, en rojo. No debió pasar el reconocimiento ninguno, pero ya lo comentabamos el otro día: plaza casi llena + ganado de saldo + toreros con sed de triunfo y poco caché = negocio rentable. Salió un sobrero de Navalrrosal, contagiado en corrales del descaste de sus compañeros de encierro. Algunos derribaron en varas, no por su desmesurada fuerza, más bien porque los caballos parecían que venían de la Ruta del bacalao. No más caballos drogados ni limitados de sus sentidos. ¿Acaso el peto acorazado no es suficiente martirio?
Ni a Curro Díaz ni al ciclo isidril le hacen falta orejas como la de esta tarde. Los argumentos de la gran estocada, llevándo al toro toreado hasta el embroque final, ni los veinte pases desmayados, sentíos y garbosos ante un vaco, tan grande como vacío por dentro, no son suficientes para arrebatar un triunfo en la primera plaza del mundo. La estructura de faena, con el único defecto de no dar una serie completa al natural, es una catequesis para las figuras del cuarto de hora. Tres, cuatro series, dándole su tiempo al toro, una serie de remates toreros, que no es lo mismo que pases adornados, y a cuadrar al toro. En esos cinco o seis minutos a un hombre delante de un Toro, le da tiempo a volver locas a veintitantas mil personas. Esa debe de ser la magia del toreo, y no esa cosa de los relojes parados ni artistas quintaesenciando borregos. No se merece el bueno de Curro el trato que le dan los taurinos, ¿porque anunciarlo con Javier Conde en el Aniversario? Aunque la pregunta lógica sería la misma pero más corta: ¿Por qué anuncian a Javier Conde?
Juan Bautista, es el paradigma del torero funcionario de nuestro tiempo. Metódico, puntual, aburrido y desganado. Nada deja a la improvisación, al talento o al orgullo. Da la impresión de que las faenas las estudia del 6 toros 6. Aún así, está encartelado en las mejores ferias, teniendo la fortuna, a veces, de aparecer en carteles fuertes. Dificilmente será recordada una faena suya, y cuando lo es, no te viene a la mente ningún natural o algún trincherazo. Lo que se recuerda es que aquel día de Otoño, estaba lloviendo. Osea, que se recuerda la lluvia, una condición atmosférica que poco tiene que ver con la bravura de un toro y el poderío de un torero. Recuerdos estériles de toreros invisibles. Hoy ha sido otro de esos días, en los que como funcionario del ruedo, hace el paseíllo; saluda de capote; hace un quite, dos no, para no levantar sospechas; cuatro series de derechazos, al natural, si se puede, un par de ellas; matamos ligero y a la furgona que mañana nos esperan en otro sitio. Qué malo es cuando un torero no dice nada.
El salmantino Eduardo Gallo sigue viendo como, por unas cosas o por otras, los trenes pasan de largo y no termina de subirse. Su último billete es éste, el de 2010. Esta tarde se puede decir que se ha alejado un poco más de la escalera del tren. En un lote sin opciones, el tercero, por cochino, el sexto bis, por mulo, ha sacado lo peor de su artillería. Vulgar, pegapasista, encimista, que es una cosa que no le pega, se empeñó en hacer faenas de pueblo en el mes de agosto. A Madrid hay que venir más despejado y menos bisoño. La afición, con sus virtudes y defectos, es clara y transparente, fácil de detectar: nada de monerías a inválidos, encimismo los justos, artilugios raros como circulares los menos y si no hay toro se abrevia. Con respetar estas cuatro cosas el aficionado sale satisfecho de la plaza, el motivo: ha visto un torero dispuesto. Para que luego, los más ínclitos toreristas, vengan con la murga de que la afición venteña es la más exigente del mundo. Como ven, es todo lo contrario, a las muestras de hoy con Curro Díaz me remito.
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