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martes, 11 de octubre de 2011

Vaquero de pantomima

Javier Arroyo. Aplausos



Con la mosca detrás de la oreja acudía a la plaza el aficionado maño, que regresaba a la etérea semiclandestinidad que otorga tanto cemento en el tendido. El insecto, cargante y cojonero, español pues, que acompaña de cuando en cuando al aficionado suele ser entendido en encastes y materia ganadera. Formando pareja con cada abonado venía una de éstas, cuyo afanoso seseo, propio de la especie a la hora de comer -y todo el mundo sabe que comen las moscas- no vaticinaba nada bueno. Algo se olerían. Y su instinto, el de aficionadas y el biológico, no les falló para reconocer la llamada de la mierda.

Porque eso es lo que esta ganadería que se anuncia como Benjumea vino a traer a la feria del Pilar de Zaragoza. Como si no supiese la familia Cuvillo que aquí se traen toros lustrosos, bien comidos, con sus pitones, bichos que no se caigan como magdalenas en cuánto ven un capote y que no enseñen la lengua nada más salir por toriles, que es por dónde esta bosta cuatreña nunca debió haber salido. Un ganadero de enjundia, lo primero, es lo suficientemente honrado como para no venir a una plaza de primera sin antes haberse probado y en segundo lugar, tiene el señorío de rechazar los cuartos, que serán pocos, que les han ofrecido por venir a hacer el ridículo a una de las plazas más importantes.

Tres le echaron para atrás, que se dice pronto, mientras a los otros hermanos no se les ocurrió otra cosa que ponerse a dar tumbos, pegar saltos y hacer regates como saltinbaquis, en vez de embestir, para vergüenza de todo el que lo haya podido ver. El inválido, anovillado y bobo primero, para más inri, y para que quede constancia de lo que es un ganadero con amor al campo, se llamaba Pantomimo, de lo que la deducción taurina nos sugiere que este hombre no tiene otras labores que hacer en sus fanegas portuguesas que bautizar a una vaca, de mala nota por lo visto, como Pantomima. Menuda carta de presentación al gran público. No se le ocurriría ni al moruchero de Adolfo, ni al anticuado de Tomás Prieto de la Cal, ni siquiera a la familia Miura, a pesar de que tengan todo el ganado para enfilarlo en la manga del matadero. Es por eso que cuando pasan las modas aquí quedan siempre los mismos, los ganaderos de reata, de raza, los que viven, sufren, gozan y mueren por y para el Toro. Los que dentro de unos años tendrán que venir a echarles una mano, en forma de sangre y conocimientos, a todos los colegas que por cuatro perras, dos cariñosas portadas y una palmadita en la espalda están acabando con el rey de la dehesa. Si hubiera morucheros, que no creo que los haya, saque cada cual sus conclusiones de quién es quién en esta historia.

Remendaron la pantomima, sobreros de los Bayones, el primero se dejó, que se dice ahora, y eso le valió para ser ovacionado y desposeído de una oreja, culpa de César Jiménez, que repitió una de esas faenas con que tan buena nota le han dado en la prensa, llena de temple y tramos estéticos, pero vacía de cualquier aptitud o manera que se pueda catalogar como toreo del caro. Quieren vendernos una reinvención del matador fuenlabreño, por su pose más armónica, descalzamientos gílis incluidos, pero sigue faltándole el acople y sobre todo, la actitud de querer comerse el mundo. El mosqueo, que también lo tienen los toreros, que cogió con el mundo al echarle para atrás los dos inválidos titulares, explica muy bien a lo que vienen unos, como David Mora, y lo que quieren otros, como César Jiménez.

Nada pudieron hacer Salvador Vega y el matador Uceda Leal, salvo salir dignamente y a pie de la plaza, esperando por su propio bien no volver a encontrarse con otra pantomima de éstas ni con el vaquero que la crío.

miércoles, 8 de junio de 2011

Garlitero



Este engendro llamado feria del Aniversario no tiene ya nin guna justificación y parece que en el próximo concurso de adjudicación de la plaza quedará eliminada. En su día fue un apaño para compensar la eliminación de cuatro corridas en el abono de San isidro, gracias a la estupidez de unos autotitulados representantes de los abonados, a los que les parecía muy largo el abono isidril. Pero la fuerza de los hechos ha terminado por dejar este añadido de junio en la ruina por su falta de entidad. Hoy se llenará la plaza en la tarde de nla Beneficencia con un cartel fuerte, pero es como una isla en un ar de mediocridades.

Ayer los diez mil espectadores que se sentaron en sus localidades asistieron a una muestra de mansedumbre y de invalidez. Así fue la corrida de Los Bayones. pero entre tanta mugre salió una joya, el tercer toro, de nombre Garlitero, una maravilla de bravura y nobleza. Un toro que peleó fuerte en varas y que embistió con temple y codicia en la muleta. Esa joya le correspondió a Tejela que estuvo pulcro, sin meterse en grandezas. Faenita perfilera y de alivio, al no cargar la suerte, pero que en su primera parte llegó a conectar con el público; no así el alargamiento de la misma, que apenas sirvió para ratificar que a Tejela se le había ido un toro de puerta grande, al que, además, masacró con la espada.

Rafaeelillo, sin sitio y desconocido, no pudo con el picante de su primero y liquidó al cuarto, un manso e inválido, sin pena ni gloria. Por su parte Urdiales estuvo torero y decidido. Muy bien con el capote y a gorrazos con un lote manso y descastado.

domingo, 16 de mayo de 2010

Dios le da pan al que no tiene dientes

Lancho, horriblemente vestido, quitando por saltilleras. CABRERA





Madrid. Plaza de toros de Las Ventas. San Isidro. Undécima de feria. Casi lleno. Toros de Los Bayones y José Luis Pereda para Gabriel Picazo, Emilio de Justo e Israel Lancho.



Los toros de los Bayones, tenían su parecido a los lechones segovianos que prepara Cándido. Tan buenos como pequeños. Los dos primeros, que no debieron pasar el reconocimiento veterinario, tampoco han sido protestados en el ruedo. Ya conocemos el gusto de la afición venteña por el torero `pobre´. Con ellos, se olvidan de la exigencia, se les aplaude todo, se les perdona aún más y se les regalan orejas si es menester, por el sencillo hecho de que las necesitan más que otros. Si estos toros les salen ayer a Juli o hace poco a El Cid, estariamos hablando de que son unos ladrones, unos sinvergüenzas y no sé que cuántas cosas más. El caso, es que asardinados, o guapos como el quinto, se han dejado una barbaridad. Por embestir, lo ha hecho hasta uno de Pereda, que ya es decir.




Gabriel Picazo, que yo creía que era el hombre del tiempo, ha demostrado con su toreo que las mayores cotas que puede alcanzar en esto es la de cortarle las orejas a algún inválido en la plaza de su pueblo. Se dejó ir a un primero, que era un bonsai, pero que tenía mucho que torear. Es la mediocridad vestida de torero, la vulgaridad personificada en alguien que se supone que tiene que venir a reventar o morir. En los pueblos se hubiera hartado a cortar orejas, sobre todo en estos sitios, en los que al lado del presidente tienen al contable, que por cada ciento y pico pases concede un trofeo. Con ese mismo baremo, el tal Picazo hoy hubiera cortado hasta una pata. A Madrid hay que venir con otra predisposición, con más claridad en la mente y menos nubes en la cabeza.




Emilio de Justo, al que hace justo un año le regalaron aquí una oreja, la del pobre que hablabamos antes, y al que nos querían meter por los ojos como el nuevo Pepito Arroyo, ha deambulado por el ruedo como un crucificado. Apurado con el capote, zote con la muleta e inofensivo con la espada. Sin alma, sin técnica, sin valor, ¿qué nos queda? Un torero que sospechamos que lo es porque paga el Régimen Especial Integrado a la Seguridad Social. Se dejó vivo a un toro que debió irse sin las pelúas, menudo cambio, sobre todo para el ganadero, canino de triunfos después de tantos años en listas negras y cuerdas flojas. Al quinto, un toro guapo, le enjaretó pases de todas las marcas en cantidad abusiva, sin pararse a pensar en que diez minutos haciendo el ridículo delante de veintitantas mil personas es una eternidad.



Israel Lancho, que no se ha molestado en disimular y ni se ha vestido de torero, ha estado a la altura de sus compañeros de parranda. La suerte de los brindis, la maneja bien, pero lo de llevar los toros toreados se ve que es cosa chunga para un tío de dos metros. Sin capacidad para templar o medir, sin conocimiento de las distancias, es difícil reconocerle una virtud: el tancredismo no deja de ser una suerte cómica.




Se guardó un minuto de silencio por cumplirse el nonagésimo aniversario de la muerte de Gallito en Talavera. Cabe preguntarse que pensará, allí donde esté, el más poderoso de los toreros que ha existido nunca, al ver a todos estos que también se llaman toreros, tirar capotes por los aires, revolcarse por los suelos, tropezar y rebozarse por el ruedo como croquetas por la embestida de unos cuántos mansos. Aunque su figura sigue estando viva en el recuerdo, su tauromaquía está más enterrada que nunca. Y así nos va...