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jueves, 26 de enero de 2012

El artista (IV) El Primer Tercio

RJC El País



Del primer tercio poco hay que decir. En esto creo que todos estamos conformes. Incluso los aficionados de nuevo cuño. La suerte de varas era antes trágicamente bella. Hoy es una parodia repugnante, francamente desagradable. La pujanza del toro chocaba con la destreza y el arte del picador. Ahora, ni hay pujanza en el becerro, ni el piquero es otra cosa que un individuo que, encaramado en un caballo blindado por el peto, asesina a mansalva, clava, ahonda, barrena y raja sin piedad. Desde la segunda acometida del becerro, cada puyazo se convierte en tres o cuatro, porque el picador, si no atina al primer agujero, rectifica la colocación de la puya tantas veces como sea necesario, hasta encontrar la primera brecha, y entonces se ensaña y mete media vara. Si el becerro intenta irse, le tapa la salida con el caballo. Si el becerro retrocede, va largando palo, como la cuerda de una cometa. El caso es que el puyazo no acabe nunca. Y el público, encantado, porque sabe que, saliendo el becerro medio muerto, es el único modo de que, luego, el astro coletudo se decida a hacer el poste y le entusiasme con sus estatuarios, sus naturales adulterados y sus derechazos. Y hasta es posible que, para colmo de delicias, haga el inapreciable regalo de unos pases mirando al tendido, o de unas arriesgadísimas manoletinas.


Puyazo criminal. RJC El País






















"Hoy se torea peor que nunca"
Adolfo Bollaín
De la conferencia celebrada en el Club Taurino Madrileño
el 7 de Febrero de 1947
 
 
 


















El artista (III)


Monofaena de Castella en Málaga, que podría ser Zafra, Castellón o Gijón.




Cuando las empieza (las faenas), podemos ya anticiparlas a golpe cantado. Los cuatro estaturarios; las dos series de naturales circulares, ayudados con el estoque; las otras dos series de derechazos; y, si la cosa no ha salido muy allá, cuatro horripilantes manoletinas para caldear los ánimos del público modernista.

Antes, los toreros no se repetían jamás. Joselito mató siete toros en una tarde en Madrid (la proeza la repitió en provincias), haciendo siete faenas completamente distintas. Belmonte realizó muchas faenas grandes en Madrid: la del 2 de mayo, la de Beneficencia, la del Montepío, la de los cuatro toros de Albaserrada... Se recuerdan así, con estas denominaciones. Cuando pasen los años, queridos modernos, ¿qué faenas de ahora váis a recordar y con qué nombre las vais a designar, si todas sin iguales? Pues la faena del Montepío fue completamente distinta a la del 2 de mayo, y ésta a la de los Albaserradas; y estas cuatro de los Albaserradas, distintas entre sí.

Pero hay más. No solo cada torero hace y repite una sola faena. Es que todos los toreros hacen la misma faena. Todos salen a hacer la misma faena. La de los estatuarios, los naturales circulares, los derechazos... y las manoletinas, para hacer entrar en calor, si la cosa iba resultando fría. Da lo mismo ver a unos que a otros. Todos hacen igual..., si el becerro les deja. Si no, no hacen nada.

En aquellos tiempos, cuando íbamos a presenciar una corrida con tres matadores, sabíamos que íbamos a ver tres estilos distintos en seis faenas diferentes. La verónica de Vicente Pastor no se parecía en nada a la del Gallo; ni la de éste a la de Joselito; ni ésta a la de Belmonte; ni la de Juan a Gaona. Nadie imitaba a nadie. Y ahora todos se imitan.

Pero no sólo con la muleta se torea hoy peor que nunca. Es que toda la lidia se hace peor. Toda. Desde que el becerro sale hasta que le arrastran las mulillas, complacidas del poco peso que remolcan.


Continuará...



"Hoy se torea peor que nunca"
Adolfo Bollaín
De la conferencia celebrada en el Club Taurino Madrileño
el 7 de Febrero de 1947
 
 



miércoles, 25 de enero de 2012

El artista (II)




Antes... (los aficionados modernos no lo saben, porque no lo han visto nunca), antes se daban con la muleta todos estos pases: el ayudado por alto con dos manos, por la derecha; el ayudado por alto con dos manos, por la izquierda; el pase alto con la derecha; el pase alto con la izquierda; el de pecho con la derecha; el de pecho con la izquierda; el natural con la izquierda; una especie de natural con la derecha, que entonces se llamaba de la firma; el ayudado por bajo con las dos manos, por la derecha y por la izquierda; el pase por bajo con la derecha; el pase por bajo con la izquierda; ayudado por bajo con ambas manos, por la derecha, de rodillas; de pecho con la derecha, de rodillas; con la derecha dando salida hacía la izquierda (se llamaba de trinchera), de pie y de rodillas; molinetes con una mano o con otra, no sólo el que ahora veis dar, sino otros dando la salida hacia el lado de la mano que sostenía la muleta... Y todos, aún los de rodillas, aún los de puro adorno, llevando toreado al enemigo, mandando en él, pasándosele cerca todo él por delante..., y pasándosele muy cerca. TAN CERCA COMO HOY, aunque no lo creáis, que también es un mito inaguantable eso del terreno inconcebible de hoy.

Pero, a lo que íbamos. Si os moléstais en contar, veréis que eran diecinueve pases. Hoy se dan cuatro: el estatuario por ambos lados, el natural y el derechazo.

El estatuario, que es la degeneración del ayudado por alto con la dos manos. El natural -medio natural-, ayudado con el estoque, que es la degeneración del verdadero natural. Y el derechazo, que es la degeneración del pase de la firma.

El pase ayudado por alto, consiste en citar al toro de cerca, provocando su arrancada, esperando con los pies separados; dejar que el toro meta la cabeza en la muleta; y, llevándole embebido en ella, mover los brazos, marcando la salida; quebrar la cintura acompañando al toro, y hasta levantar un poco el talón del pie contrario, cargando la suerte, con lo que el pase resulta más largo; y, cuando los brazos no dan más de sí, levantar la muleta un poco, muy poco, lo suficiente para que los pitones pasen por debajo de ella y, haciéndola descansar sobre el lomo del toro, dejar que caiga por su propio peso por detrás de la penca del rabo, después de haber pasado todo el toro delante del torero, rozándole el pecho. Eso, amigos modernos, sí que es estatuario; no en el sentido de la quietud, sino en el de la belleza y armonía de líneas, verdaderamente escultóricas. 







Lo que ahora llamáis estatuario, es aprovechar el viaje rápido del becerro, ponerse al borde del camino por donde va a pasar, juntar los pies en postura rígida y antiestética, levantar la muleta, como un telón, sin marcar la salida, sin llevar toreado, sin mandar al becerro, sin hacer pasar al becerro, sino dejándole pasar, que no es lo mismo. Si el becerro pasa, allá va el ole. Si el becerro no pasa, allá va el hule. Poco hule, porque los pobres, con tres añitos, destrozados por los puyazos, destrocandos contra los burladeros, derrengándose y cayéndose por... lo que sea, y con los pitones arreglados, poco daño pueden hacer.

El pase verdaderamente natural se da con la muleta en la mano izquierda, el estoque sin ayudar a la muleta, en la mano derecha. Y, como dijo Sassone, el corazón en medio. Y, con las mismas características de todo el toreo, llevar embebido al toro sin que la muleta se separe de su cabeza, cimbrear la cintura, levantar el talón contrario, sin caer en ese otro tópico horrible de los talones clavados en el suelo, porque con los talones así no se puede torear, hacer que el toro pase de la derecha a la izquierda del torero, con los dos planos verticales de torero y toro paralelos durante el pase. 

El natural de hoy se da ayudado con el estoque (con lo que el pase no es un natural, sino un ayudado por bajo), el plano vertical del becerro va oblicuo, casi perpendicular al plano vertical del torero, y así resulta que el becerro pasa un momento por la cadera del torero, en lugar de pasar todo entero por delante del pecho del lidiador. Y así, los pases son medios pases, y el becerro, desde que el torero inicia la serie hasta que vuelve a encontrarse en la misma orientación en que la inició, describe una circunferencia, de la que el matador es el centro; mientras que, con el verdadero pase natural, cuando el torero vuelve a encontrarse en su posición primitiva, el toro ha trazado un triángulo, ya que sus recorridos son rectos y no curvos, y ya no caben más que tres pases, porque esos recorridos son más largos, y esas tres rectas suman más que los trocitos de curva que va desarrollando el becerro en esos medios pases ayudados con el estoque. 

Los mismos razonamientos pueden hacerse en cuanto al derechazo, que, al fin y al cabo, es un natural con la derecha o debería serlo. 

Dije antes que el toreo se ha empequeñecido. Pero no sólo en cuánto al número de pases que se dan en una faena, sino en el sentido de que sólo existe una faena. Si el becerro se presta, se le hace. Si no se presta, ya no hay nada que hacer. ¡Y qué faenas más interesantes hemos visto en aquella época, con toros que no se prestaban! Que se lo pregunten a Vicente Pastor. 

Otro empequeñecimiento: el torero de hoy se repite en todas las faenas.

(Continuará...)


"Hoy se torea peor que nunca"
Adolfo Bollaín
De la conferencia celebrada en el Club Taurino Madrileño
el 7 de Febrero de 1947

El artista (I)

Manzanares, de la generación ni ni del toreo. Ni carga, ni templa, ni manda.



El torero actual es un individuo que practica el toreo actual. El torero actual es un estilista. Y el estilismo ha hecho polvo al toreo.

No expongo nada nuevo si digo que los verbos integrantes del toreo son tres: parar, templar y mandar. Pero ahí va eso, y ustedes perdonen: HOY, NI SE PARA, NI SE TEMPLA, NI SE MANDA.

Parar no es estarse quieto. Eso ya lo hacía don Tancredo, que no ha pasado a la historia precisamente como figura del toreo.

Parar no es andar ni correr; pero no no moverse. Parar es no mover los pies, aunque el cuerpo se mueva. Se torea parado, con los pies lo suficientemente separados (¡horror de pies juntos!) para sustentar y afianzar el cuerpo, moviendo los brazos para marcar la suerte, y cimbreando la cintura, acompañando el viaje del toro, haciendo el lance y el pase largo, rítmico, con compás y medida, suave y armonioso.

Y ahora se cree que parar es hacer la estatua, mantener el cuerpo enhiesto, con rigidez de palo, inflexible, dejando que el becerro pase..., si quiere pasar.

Templar no es torear despacio. Templar es acomodar la velocidad del lance a la velocidad del toro; poner el toreo al temple del toro de acuerdo con el toro. Como templar los instrumentos de una orquesta es ponerlos de acuerdo, acordarlos con relación a la nota la. Templar, en el toreo, es poner el lance o el pase de acuerdo con el la que da el toro. Es no dar un lance rápido a un toro de acometida lenta. Pero es también no dar un lance lento a un toro de embestida rápida. 

Hoy, todo el afán de los toreros es torear despacio a todos los becerros. Y salen a ello.

Mandar, no sólo es decir al toro: "Pasa por aquí", sino decirle además: "No pases de ahí" o "llega hasta allí"

Hoy, el becerro llega hasta donde quiere, o se queda donde le da la gana. Porque, con la rigidez de estatua, no se puede mandar; y con los pies juntos, no se puede cargar la suerte.

Mandar es obligar a pasar al toro que no pasa, y sujetar al toro que se va.

Hoy, el becerro huído sigue huyendo, y el quedado, quedándose. El que manda es el becerro.

Y el torero, que no consigue mandar, que no templa de acuerdo con el la del enemigo, y que no realiza su propósito de estarse quieto (que es lo que él y el público creen que es parar), se vuelve, angustiado, y dirige una mirada melancólica al graderío, como disculpándose. Y los espectadores comentan, compasivos y comprensivos: "¡Qué lástima, el toro (los espectadores le llaman toro), el toro no se presta!" No se presta, claro es, al estatuario y al derechazo, que es lo que el torero quería dar y el público quería ver. 

Porque esa es otra cuestión. El toreo se ha empequeñecido. 
(Continuará...)



"Hoy se torea peor que nunca"
Adolfo Bollaín
De la conferencia celebrada en el Club Taurino Madrileño
el 7 de Febrero de 1947



sábado, 7 de enero de 2012

La tienta ayer y hoy


La tienta "de siempre" en Comeuñas. François Bruschet

















Pues para los que nunca han asistido a ninguna tienta y para los que, asistiendo, se dedican más a comer que a presenciar la operación -aunque de éstos últimos estoy seguro de que no hay ninguno aquí presente-, voy a explicar lo que en las tientas sucedía antes y lo que ocurre ahora.


ANTES

Salía una vaca francamente brava y con genio. Después de dejarla tomar diez, doce, catorce puyazos recargando, el ganadero daba la voz de ritual:

-¡Vista! Abrid la puerta.
El gran torero, que dirigía la faena, pedía:
-Don Fulano, voy a darla unos muletazos. 
-No, no; a ésta no, que puede desgraciarse. Ya se los darás a otra.
Y se soltaba la vaca.


Salía otra vaca, que tomaba cinco o seis varas, tardeando un poco, sin volver la cara, pero teniendo que obligarla con el caballo.

-¡Vista! No me gusta.
El torero:
-¿La toreo un poco?
-Haz lo que quieras, está desechada.
El diestro salta con la muleta y la vaca embestía al trapo con bravura y nobleza.
-¡Lástima de vaca, Don Fulano! ¡Que bien embiste!
-Sí, sí, pero es mansa.
-¿Mansa?
-Mansa para el caballo. Desechada.

Y es que Don Fulano criaba toros para él y para el público; no para el torero. 



AHORA


Sale una vaca que se arranca dos veces desde largo y recarga.
La primera figura que asiste a la tienta:

-Ya está vista, Don Fulano. Voy a torearla.
-Toréala.

Desde los primeros pases, la vaca embiste con alegría, con genio, se revuelve con nervio; no es que achuche por ningún lado; acomete por derecho; acude con nobleza; no busca.., pero tiene genio.

Al quinto pase, el torero se retira jadeante... y asustado.
-¡Caray, qué bicho Don Fulano! No hay quien la toree.
-Sí, es verdad. Lástima, porque es brava, pero...
Esta vaca va al matadero.


Sale otra, que corretea por la placita y, de refilón, se encuentra con el caballo, suelta una coz y atraviesa, despavorida, el redondel. Ni a fuerza de capotazos se consigue que tome una vara más. 

El ganadero:
-Fulanito: dala unos muletazos, a ver qué hace.

Y lo que hace es embestir de mala gana, de puro sosa, y seguir embistiendo, porque ahora no la pinchan, y pasar una y otra vez, saliendo distraída de cada pase, sin revolverse, y dejando, por lo tanto, colocarse al torero, que exclama entusiasmado:

-¡Vaya vaca fenómeno!
-¡Enhorabuena, Don Fulano! -gritan desde diversos puntos de la plaza...

El ganadero sonríe satisfecho. Y aquella vaca mansa queda anotada como puntera en el historial de la ganadería. 


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Adolfo Bollaín
"Hoy se torea peor que nunca"

De la conferencia celebrada en el Club Taurino Madrileño
el 7 de Febrero de 1947