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lunes, 22 de agosto de 2011

Miuras al paredón

Miura de 2011, muerto a estoque por Padilla en Bilbao y que para la Crítica de la época no es un Miura.


Miura del 65, lidiado en Madrid por el Viti. Según Díaz Cañabate esto sí era un Miura.




















Atención. Silencio. Miuras en las Corridas Generales de Bilbao. Una sola frase, llena de palabras recias en significado, que es capaz de castigar con las plagas toreras de la gastroenteritis, el dolor de muelas y el esguince de muñeca a medio G-10. Sólo por eso, por el patrimonio natural que suponen y por su historia, sellada con la sangre de muchos hombres que después de anunciarse con ellos no volvieron a ver la luz del día, los Toros de Miura merecen un respeto.

A partir de aquí, hay que decir que a la corrida que abría la Aste Nagusia le ha faltado de todo. Por faltar, han faltado desde las figuras, los mejores toreros del escalafón, que dice el bracirroto de Manzanares, pasando por el público que llena las plazas cuando se lidia el borrego, que son los aficionados buenos de ahora, y hasta el sol, en pleno ferragosto ibérico, ha hecho pellas. Miuras con presencia de miuras, esto es, con pinta de toro antiguo, de estampa roída de la Lidia, poco sujetos a los cánones del torete amorfo al que se nos han acostumbrado las retinas desde hace un puñado de años y que es el canón único de belleza tolerado. Toros cariavacados, playeros, agalgados, largos como un tren, astigordos, vareados, con diferentes hechuras y pelajes, como multiples sangres llevan. Vamos, lo que ha sido un Miura de toda la vida. Por lo menos, por fuera. Porque por dentro, que al final es lo que vale, como pasa con las personas que somos dificiles de mirar, han pecado de blandura e invalidez, con una preocupante falta de casta con los del caballo y de malicia contra los de luces, que es lo que interesa. A excepción del quinto, que defendió con nota la fama de marrajos de la casa, los tres restantes que llegaron al tercio de muerte pecaron de miurabilidad, de andar por la plaza con los trotes cochineros de un Garcigrande y la embestida boba e insípida de un Cuvillo, con la salvedad de que si el pecador es un Miura o un Escolar hay que darles cuchillo y pistola y si es uno de las que todos tenemos en mente, ya hablamos -hablan- de bravura del siglo XXI. Saltaron como remiendos, dos saldos charcuteros, uno de la Campana y otro de Marqués de Domecq, cuyas camadas, o parte de ellas, sabemos fueron compradas por la casa Chopera. Preocupa, en vistas al futuro pliego venteño, la desviación enfermiza, genética y hereditaria, como los hemofílicos, de las familias Chopera y sus proles por meter toda la mierda de las dehesas de España como sobreros en sus plazas. El de la Campana, tan inválido como el loreño al que sustituyó, no valió un pimiento. Peor aún fue el cebollo de Marqués de Domecq, basto y parado, que tampoco mejoró lo del hierro titular. Pero de estos está abolido hablar, salvo en el triunfo orejero, en el que cualquier portada es poca cosa.


Los toreros, dignos de todo reconocimiento por no hacerle ascos a los pitones más importantes de la historia del toreo, tampoco se puede decir que estuviesen para quitarse el sombrero. Si el garlopo no tira gañafones y el coleta no pega bocados, esto se queda en un insustancial zipizape de patio de recreo.

Padilla, que fue el único que mató lo que había venido a matar, no estuvo bien. El lote con posibilidades, pocas, de la tarde se lo llevó en el sorteo, pero no lo entendió. Con lo que lleva en el cuerpo metido, entre ganaderías duras y plazas agrestes para el torero, no da la sensación de dominar los terrenos ni las distancias, ni de usar la herramienta más poderosa que tiene el hombre contra la bestia: el intelecto. El toreo ciclónico del jerezano se reduce a ver quién gana por bruto y demostrar quién los tiene más gordos. Y en esa refriega entre dos tercos, el que sale perdiendo es el aficionado, que paradójicamente suele ser el que, cuando termina la corrida, los tiene más gordos, hinchados como bolas de billar por el ultraje permanente al que se somete su afición y cartera.

Rafaelillo volvió a estar hecho un tío, como antaño, con el quinto, un zagalón espabilao, que cazaba moscas con el rabo y que en la primera vuelta al redondel ya se había quedado con la copla. Valiente, casi temerario, imponiéndo sus razones a base de latigazos con la muleta -trapazos son cuando a un animal de natural templado le andas a gorrazos, esto es otra cosa que precisa de látigo de seda-. Pinturero y sincero en los desplantes, tocando pitón, y listo y ágil para irse de la cara del burí. Sabe andarle, como pocos hoy, a estos toros, y eso es tener, por lo menos, un seguro de vida. Marró a espadas y posiblemente perdió una oreja. Mató el sobrero de la Campana, sin vida, que perdía las manos en cada trapazo -aquí sí- que le recetaba el murciano, que nada pudo hacer.

Raúl Velasco, que sustituía al exiliado Serafín Marín, estuvo decente desde el mismo momento en el que su apoderado le telefoneó para comunicarle la sustitución. Porque el toreo es más duro para unos que para otros, y para esta gente, que no pierde la afición ni la moral, que es capaz de tirarse entrenando 364 días al año para torear un sólo festival, no debe ser fácil estar a la altura en una cita de semajante categoría. Velasco, que se llegó a cortar la coleta hace un tiempo en las Ventas, acumula, en Madrid y Bilbao, dos actuaciones portentonsas en honradez e interesantes en oficio. Supo rehacerse, y acabar la faena asentado y sereno, de la cólera del único miura que mató, que en las primeras de cambio le hizo las presentaciones oportunas en forma de derrote y leñazo. Al sexto bis, del Marqués de Domecq, le pegó cuatro lapas que a la basca le parecieron un extravío del arte de las musas ésas. Pero ahí se acabó todo, el marmolillo echó la persiana y con ello al madrileño se le cerró el carrusel de las oportunidades hasta no se sabe cuando.



martes, 6 de julio de 2010

Novilleros con interés

Cristian Escribano. EFE



Plaza Monumental de Pamplona. San Fermín. Primera de feria. Novillos del Marqués de Domecq para Cristian Escribano, Juan del Álamo y Diego Silveti.



Enésimo petardo ganadero de Fernando Domecq. Como los buenos marqueses, sus novillos salieron blandos, con pocas ganas de embestir, sin atisbo de casta, esperando su suerte sin oponer resistencia, regalando, como cobardes que son, su vida sin plantear batalla. Justo lo contrario de lo que tienen que ser los toros de lidia. El interés y el respeto de estos ganaderos por la afición queda una vez más que testado -con la corrida de Madrid aún escociendo-, al enviar a tierras navarras una novillada muy desigual de presentación. Cada uno de su padre y de su madre. Lo más denunciable es que han utilizado los sanfermines como laboratorio de pruebas de varios sementales. El estúpido experimento ha terminado con dos resultados. Uno: si es verdad que de tal palo, tal astilla, los sementales tienen que ser tontos y bobos de solemnidad. Lo suficiente como para que los toreen las figuras y terminen de hacer al ganadero más rico. Asunto principal del tratado de los nuevos ganaderos de estos descastados tiempos. Y dos: Para probar novillos se queda usted en su casa. Que esto es Pamplona, no un tentadero de ésos a los que va Padilla, el hijo de Suárez o el Moranco enano.



Abría San Fermín el getafense Cristian Escribano, según me cuentan, uno de los talentos del escalafón inferior. Se le antojan viejas maneras, manías de torero antiguo, temple y quietud. No está mal para empezar. Pero para seguir en este duro camino, lleno de piedras y riscos, algunos puestos por tus mismos colaboradores, hay que dar muchos pequeños pasos. Para dar el primero no hacen falta los pies, sino la cabeza: hacer de tu concepto del toreo, bandera, y llevarla, con orgullo, cada vez que te pones delante del toro. ¡Qué importante es la personalidad! No se puede querer ser en una tanda Antonio Bienvenida y en la siguiente El Cordobés. En su descargo, tenemos que apuntar que no debe ser fácil torear, mientras un banderillero chillón te vocea por el lado izquierdo del burladero, `¡sitio, sitio, dále distancia!´; mientras metro y pico más para allá, en el otro lado de la tronera, el otro subalterno, más gruñidor que las tripas de un tren de vapor, se desgañita, `¡hay que arrimarse, valiente, hay que montarse en lo alto!´. La tarde se le fue a Escribano, entre algunos detalles toreros, y esos vaivenes en el concepto de su toreo. En su mano está el coger el camino más corto: el amañado, o el más largo: el auténtico.




Juan Del Álamo es el máximo opositor a figura de los que vienen por detrás. O, por lo menos, es el mejor novillero de la actualidad. Por muchas cosas. La primera, y fundamental, porque viene con la yerba en la boca. Es más fácil encontrar una aguja en un pajar que un novillero que quiera arrear. El salmantino lo intenta, y no se cansa, con el bobo -que son casi todos-, pero no le vuelve la cara al manso, como el segundo, ni al que apunta malas maneras, como su quinto. En el debe, además de la espada, unas feas y cutres verónicas de recibo mirando al tendido cuándo el novillo pasaba por la jurisdicción del torero. Son detalles que hay que limar. Pinta a torero bueno. Que no se nos estropeé.



De Silveti podemos escribir poco, porque se llevó un lote infumable. Sin posibilidades. El tercero quiso hacer un homenaje al Mundial de Fútbol y se lesionó, a lo Iniesta, quedando imposibilitado para hacer nada que tuviera eco e importancia. Con el sexto, descastado, no pudo nada más que estar afanoso, buscandole las vueltas por ambos pitones a un animal que no decía nada, ni mú. Por su charras maneras, y porque hay algunos apellidos -no todos- a los que hay que esperar y respetar, merece la pena buscar a Silveti por esas plazas de Dios y verlo torear con material del bueno.

domingo, 30 de mayo de 2010

El dia, con papel y boli

Mundotoro a las 00:00. Avalanchas, mayorales a hombros, decenas de orejas y una mano de rabos, publicidad de Corpas y Pinar, triunfadores en no sé dónde.., y por si las moscas, un seguro. Sólo le faltan bautizar este momento como la Edad de Oro del Toreo Mundial de la Historia.



Madrid. Plaza de toros de Las Ventas. San Isidro. Última de feria. Toros del Marqués de Domecq para El Fundi, Rafaelillo y Javier Valverde.


Como no hay mal que cien años dure, la peor isidrada que se recuerda tiempo atrás acabó, afortunadamente. Se puso fin con eso a lo que llaman la semana torista, y que no es otra cosa que una campaña publicitaria que ni la de las burbujas Freixenet. Una excusa para seguir llenando la plaza con toreros malos, que me perdonen las escasísimas excepciones, con gentes que vienen al reclamo de las ganaderías del lado oscuro. En esta semana hemos visto torreones, cortijolivas, marqueses de elimina lo anterior o taberneros. Los miuras, vitorinos, prietos de la cal o los cebada, los habrán visto por televisión, en su residencia veraniega, matando moscas con el rabo, tumbados al relente. A los adolfos se la han dejado grabando y la verán cuando se bajen del camión. Se van a descojonar. Por un quitame allá esos kilos, se vuelven para los Alijares una tropa de cárdenos guapos de verdad. La romana de Las Ventas es como las armas de destrucción masiva en Irak, que nadie las ha visto pero se supone que estan ahí, escondidas, prestas a hacer el mal. Hemos visto en veintitantas tardes a sardinas pesar como ballenas, sin que nadie levante la voz. Ha habido culos de pollo vareados con más kilos en romana que la selección nacional japonesa de sumo (lo de los gordos que se dan sartenazos en calzoncillos). Vamos, que se ha pasado la mano, y si ha habido que redondear se ha redondeado. Pero cuando visita Adolfo la cosa cambia, el romanero se vuelve puntilloso, los veterinarios se ponen las gafas de ver de cerca y los de la comunidá suben al trastero y, del mismo baúl donde tienen secuestrada la vergüenza, sacan y desempolvan el Reglamento, que con los que vienen hoy se puede descargar la suerte y meter el pico de la letra pequeña. Con nocturnidad y alevosía llegaron los del Marqués de Domecq. El Reglamento volvió al baúl, el romanero al redondeo y a los veterinarios se les cansó la vista. Resultado: una corridita de toros para Colmenar de Oreja, Quintanar de la Orden o Huércal Overa.




Como no interesa hablar del fracaso de la mejor feria del mundo, de la condena a muerte segura a la que están sentenciando a la tauromaquia los mismos que se alimentan de ella como garrapatas, la noticia del día es que Julio Aparicio no para de preguntar, con papel y boli, por el giro que lleva la feria de San Isidro. Nos alegramos de que esté mejor, pero me pica la curiosidad por saber que le contarán a un tío que lleva unos cuántos dias sedado y medio grogui.


- Maestro, la feria regulaaaá, el viento que ha molestao mucho, y los toros que se han movío, pero no se han movío bien... Además, la plaza mu rara, la gente siempre a la contra, menos mal que estaba siempre el señó presidente pa poné freno a la sinrasón.


- Aparicio (con papiro y carboncillo): ¿Quién ha salido por la Puerta Grande?

- Maestro, por aqui nadie, la gente no estaba pa guasas. Pero Morante se sentó en una silla en Nimes con juanpedro. No veas como estuvo el tío, más arte no se pué tener.


- Aparicio (dándole a la muñeca): ¿con juanpedro y una silla? ¿ha estado hablando en alguna tertulia o algo? ¿han dado una conferencia sobre la estructura y policromía de los hados cuando se fusionan con el terrenal torero para terminar formando una aleación compuesta por tres quintales de gracia y finura y unos granitos de sal andaluza?


- No, no, maestro, que no me he explicao bien. Que se sentó a torear a un juanpedro en una silla. Ha salío en tos laos. En el mundotoro y en el burladero. Le dieron las dos orejas y el rabo, y le pidieron una pata, de la silla, claro.


- Aparicio (pensando en un teclado) ¿Y lo demás?


- Lo demás va perita, maestro. Pedaso de feria en Pamplona, en Bilbao lo mismo. En la feria de Córdoba Ponce y el Fandi siguen en figura; Perera y Talavante triunfadores en Cáceres; en Bilbao, con palhas Victor Mendes, retirado y con arrugas, les moja la oreja a los muchachos; las sustituciones de Tomás en Madrid son pa el Juli y Perera; y pa rematá, en la portada del mundotoro pone que se han cortao veintiséis orejas y cinco rabos...





De la tarde, poco que comentar, que el Fundi no luce con borregas; que Rafaelillo hizo lo que pudo, y que Javier Valverde se despidió como llegó: con poco brillo pero con dignidad.